Martha Robles Otero

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Martha Robles 

Páginas del diario. Insomnio y memoria 

El insomnio tiene la vastedad de la memoria. Todo cabe en la oscura vigilancia de la noche: la ansiedad, el asombro, los hallazgos y cuanto recuerdo, saber, sensación o sueño estuvieran en el olvido. Asidua de las vigilias largas, en alguna de las más recientes vino a ocurrirme algo insólito. Y digo vino porque fue como una llegada en todo distinta a las visitaciones cuando dormida. 


La sensación fue total, de cuerpo entero e intermedia entre el sueño vívido frecuentado por los budistas y la aparición que algunos creyentes aseguran posible. Yo no creo en fantasmas ni en voces del más allá. Tampoco en mensajes cifrados. Lo experimentado fue como un golpe de re-conocimiento y prueba de que hay un saber recóndito e ignorado que, a capricho quizá, se manifiesta como y cuando menos lo esperamos.


Es cierto que la literatura ha sido mi dialogante vitalicia. Tengo autores, párrafos, personajes e inclusive palabras que de tan integradas en la cabeza, ya son parte de mi naturaleza: nada extraño en quienes, como yo, han antepuesto la escritura a cualquier otra consideración.


De hecho y de tiempo atrás, en uno de mis sueños recurrentes aparezco como soy en la actualidad, salvo que tengo párrafos en vez de piel y floto como un libro viviente al que pueden pasarse las páginas. Desde su primera aparición la imagen, con sus textos agregados de rigor, me produjo una extraña inquietud respecto de la carga de ficción que influye en nuestra idea de lo real o al revés, en la realidad ficticia que por necesidad nos habita. Imagino que hay un “espacio” –si es que así pudiera llamarse-, donde lo cotidiano que tenemos por indivisible del concepto de realidad no es otra cosa que revoltijo que llamamos identidad. Allá, en ese fondo aleatorio, se encuentran retazos de memoria remota, un saber anidado en las honduras del ser, el inevitable producto de la interpretación y aun el razonamiento que nos va construyendo sin darnos cuenta.


Como soñadora sin fronteras entre lo estrictamente onírico y lo literario, hace años éstas y otras consideraciones, también confusas, fueron materia de diván, cuando aún perseguía respuestas para lo inescrutable. El sueño de mí misma trasmutada en libro humanizado, con todos sus componentes y sin que faltara ninguno, por real, ficticio, imaginario o supuesto que fuera, atrajo la atención del psicoanalista, quien no tardó en convertirlo en referente interpretativo y muy adobado con sus sesudas, infalibles y desde luego doctas lecciones extraídas del relato/semilla de sus huéspedes de paso.


En esta ocasión, lo vislumbrado o percibido en estado de insomnio no se parecía a nada conocido; seguramente por eso la experiencia me provocó un extrañamiento profundo. Sospecho que vislumbrar y sentir de golpe algo tan peculiar pudo deberse a cierta saturación mental, si es que la mente tiene una capacidad limitada de recepción. Puede ser, también, que “el saldo del día” (de acuerdo a las misteriosas leyes que dijera Borges) se fusionara a las lucubraciones no del durmiente sino del insomnio, como fuera mi caso, y que por eso el cúmulo de imágenes, leídas y/o recordadas, “estallaron” en un golpe de “lucidez”. A fin de cuentas, todo puede ser cuando se carece de explicación.


Fascinada otra vez con el reencuentro del mundo borgeano, el hecho es que durante dos o tres días estuve atrapada por las ficciones de este argentino prodigioso. Confirmé que con él, Kafka, Yourcenar y unas cuantas cabezas geniales más, el siglo XX se libró de ser sólo pródigo en infamias e inusitadas crueldades. Acaso rebote de lo leído, pensado o imaginado, en ese estado de querer dormir y no poder y de buscar el sueño “en un basurero de recuerdos inútiles” vi “de un solo vistazo” lo que relatara Funes a su interlocutor: los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: “Ciro rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez…



No que fueran nombres ni referencias que yo ignorara, no. Lo asombroso es que durante tan peculiar vigilia eligiera en la angustiante memoria de Funes, desde luego de manera inconsciente, pasajes que avivaran la mía. En suma/resta de mis viejas lecturas, “recordé” la visita de Alejandro a la tumba de Ciro en Persia, su espectacular funeral en viaje, las rebatiñas de sus sucesores, la traza de harina de la Alejandría que tendría la forma del manto macedonio soñado por el conquistador y las aves que, a la mañana siguiente, devoraran las semillas; y así lo demás…


Aturrullada, como gustaba decir un viejo conocido, dejé que el azoro se asentara. Esperé, acaso en vano, que adquiriera forma o quizá sentido el borbotón de escenas, vocablos y figuras que me sacaron de mí durante un tiempo indefinido o que tal vez me metieron en mí de manera tan vertiginosa que, por única vez en mi vida, pude acceder al “depósito” o almacén de la memoria. Me refiero al “no-lugar” de los recuerdos tan celebrado por los clásicos y aún anhelado por quienes hemos sido atrapados por la misteriosa capacidad de retener, olvidar y recordar. Casi de manera simultánea pensé en la fascinante lectura de Frances A. Yates, El arte de la memoria. Entonces me apliqué a “recobrar” lo que creo que Simónides comenzó a examinar como “el arte de Mnemósyne”, aunque la invención del método -suya o no- fue otro de los enormes aciertos discurrido por los griegos. Uno de tantos temas relacionados con los enigmas de la mente, casi no ha habido edad, desde la Antigüedad, sin que alguien se ocupe de perfeccionar esta invaluable facultad humana. Así el sistema del Teatro de Robert Fludd, resultado de sus búsquedas de lo aportado por Cicerón, Giordano Bruno y sus sugestivas Sombras, Campanella, etc.- . 


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