De mis diarios. Egos monumentales

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Por Martha Robles


Cuando me planteaba quedarme en definitiva en el extranjero, quiso el destino probarme y me trajo a México.   Sin tardanza me lanzó en esta tierra a los dominios de la Gorgona para templar mi carácter.  A diferencia de Perseo, sin embargo, no tuve guía ni ayuda para sortear sus embates. Tampoco un saco para esconder la cabeza del monstruo, ni espada y mucho menos algo que me acercara a los atributos del héroe, pero me armé de ánimo, me concentré en lo mío y sobreviví como pude en un ámbito que no me pertenecía.


Mi relación con la política y las letras comenzaba y concluía en las lecturas. Ni siquiera en la Facultad, donde había priístas y aspirantes a serlo a puños, me interesaron los intríngulis del poder, a pesar de que fueran visibles sus alforjas rellenas de mañas.  Tampoco conocía a ningún escritor, pero tenía muy  claras mis simpatías, diferencias y antipatías por estas o aquellas obras.  Al caer en este universo supe de qué se trataba la verdadera complejidad, lo sombrío y contradictorio del ser. También, desde mi trinchera, observé de qué son capaces los chapuceros, los codiciosos, las máscaras del miedo y el desesperado afán de trascender que empuja a algunos a hacer lo que sea para asomar la cabeza.


Situada frente lo desconocido, no tuve para dónde arrimarme: no se si elegí porque la mente es complicada, pero el destino tenía sus planes.  Curiosidad me sobraba, igual que el afán de conocer cómo era el mundo más allá de mi pequeña esfera; en este caso, el de los que, a duro que dale, se apiñaban bajo el rubro de intelectuales, cuando serlo o creerse era una categoría tan superior y codiciada que hasta había una “República de las letras”.  Así que tras descubrir que dondequiera hay jerarquías, exclusiones, intrigas y clases, y más aún donde se presumen de izquierda, decidí mantenerme con el ojo en alerta, abrir mi diario, escribir y ser  testigo participante.


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