84, Charing Cross Road

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Por Martha Robles 


Ya nadie escribe cartas, y es una pena. Disfruté recibirlas tanto como escribirlas. Fueron años deliciosos. Rellenábamos ausencias con envíos. Intercambiábamos rituales y secretos, y yo aguardaba el silbato del cartero como a alguien querido. Inclusive mandaba quejas al servicio postal por su pésimo servicio, pero mis querellas caían en la omisión o el olvido. 


No obstante y aunque retrasados, sobres y paquetes, con timbres sellados, me traían buenas noticias y libros del extranjero.  Ahora los buzones, también en extinción, son basureros para cuentas del predial, de la luz, del agua o del teléfono; y a veces ni eso, pues ya todo está domiciliado. No faltan anuncios ni pedigüeños de Navidad,  Año Nuevo, Reyes, Guadalupana y “el día de”: esa penosa “gorra” del mexicano que se entromete con la insolencia del invasor.


Practiqué la escritura de ida y vuelta con amigos que amaban la cocina, el arte y las letras. Intercambiábamos autores, recetas y confidencias con la certeza de que lo privado comienza y concluye entre dos que se entienden. Antes de conocer la efímera brevedad del whatsapp, uno tras otro se fueron del mundo y yo me quedé sin la palabra que durante años tuvo respuesta y continuidad. La tristeza por esas pérdidas todavía me acompaña. Revisar catálogos y reseñas bibliográficas completaba el ritual de encargar títulos y clásicos a Oxford, París, Londres, Nueva York o Berkeley, vigente hasta las compras online.  Disfruté, sin embargo, el privilegio de esperar noticias y que otros esperaran las mías con idéntico entusiasmo. 


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