Gobernantes a la baja

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Por Martha Robles


Entre lo que somos, lo que nos creemos y nos inventan existen distancias insalvables. No se diga en lo individual, que por desenmascarar identidades y rescatar olvidos los divanes, en proceso de extinción, quedaron llenos de agujeros. No son de fiar las apariencias ni las engañifas de individuos, parejas y/o familias que por diversas causas moldean la impostura hasta creérsela o hacerla creer a los demás, aunque medio vivan con el hígado y la mente hechos trizas. Más grave es el drama cuando se trata de gobernantes atropelladores, embusteros y enemigos del derecho.


No es de ahora la costumbre del engaño. Lo nuevo es haber refinado mañas y  mecanismos para hacer efectivas las tomaduras de pelo. Tampoco inventamos la resistencia a  aprender de los errores; sin embargo, se repiten con terquedad las invenciones destinadas al hombre-masa hasta persuadirlo de que el mensaje es tan acertado o verdadero como su capacidad electiva. Nunca me cansaré de insistir en cuán vigente sigue estando –para derechas o izquierdas- el axioma del nazi Göbbels, maestro de la propaganda y uno de los artífices de aquella monstruosidad: “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. Y vaya si no. Los ejemplos sobran.


Las consecuencias del dolo se potencian geométricamente cuando el uno –elegido en las urnas o no- se hace con el poder.  Entonces, como obra de magia, “legitima” a su personaje, con todo y  “mensaje”. Una vez afianzada la torcedura entre el neurótico que es, el actuante que se cree y el caprichoso que decide, aplica el “proyecto” a su aire con los riesgos implícitos allí, donde la población es más vulnerable porque no son sólidos sus sedimentos culturales.


Si el gobierno cae en manos de embusteros, vengadores, hipócritas, simuladores, oportunistas, ineptos y tocados por el delirio del ungido, el tirano, el justiciero o el mesías, los resultados son incalculables. Los gobernados son los afectados en primera instancia, pero los últimos en aceptar que el retroceso arrastra consigo durante décadas y a veces siglos la capacidad reparadora de las culturas.  Dictaduras y tiranías son las lecciones que más pronto se olvidan y desatienden, de ahí que reaparezcan con más o menos ferocidad y atavíos renovados: véanse los casos vigentes de Venezuela, Nicaragua... Los males avanzan, la gente sufre, la inercia de la degradación continúa y tardan décadas o a veces siglos los remedios cuando en casos extremos, como Haití, la población desamparada cede a la derrota.


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