Fantasmas desatados

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Por Jaime Muñoz / RUTA NORTE


El escritor —y más precisamente el narrador, el creador de relatos— es un animal habitado por fantasmas, un aposento por el que deambulan seres incorpóreos de la más variada catadura. Quien padece de manía cuentística o novelística sabe, por ello, que escribir es el único recurso que tiene para apaciguar en su interior el hervidero de espectros que lo enfebrecen, de suerte que construir historias es un autoexorcismo, una especie de liberación.


¿Y qué tipo de seres son los que pueblan el alma del narrador? La respuesta es simple: todos. Un creador de esta naturaleza no discrimina edad, sexo, temperamento, aspecto y costumbres de los bichos concernientes a su obra. Lo mismo puede, por esto, indagar en la personalidad de un asesino que en la de un santo sin que en ninguno de los casos se tome esto como diatriba o como apología. Me refiero, claro, a los textos que saben borrar o esconder, si lo tienen, su intención moral o edificante, panfletaria en suma.


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