Nada con exceso

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Caton



Por Catón


"Estoy feliz. Anoche mi novia me dio el sí”. “¡Felicidades! Y ¿cuándo es la boda?”. “¿Boda? ¿Cuál boda?”… Don Augurio Malsinado relataba con acento lamentoso: “Creo que mis papás nunca me quisieron. Cuando de niño me enseñaron a cruzar la calle me dijeron que me fijara bien hacia los dos lados: hacia arriba y hacia abajo”… 


En el bar la guapa chica le tendió la mano a don Algón: “Me da mucho gusto conocerlo. ¿Cuánto… Perdón: ¿cómo me dijo que se llama?”… 


La esposa: “Esta noche no. Me duele la cabeza”. El marido: “Te prometo no tocártela”… 


Dulcilí veía su tablet. Les comentó a sus padres: “Aquí viene una estadística según la cual el 52 por ciento de las mujeres de mi edad son vírgenes, y el resto ya no lo somos”… 


Expresiva palabra es “cuentachiles”. La Academia reconoce ese mexicanismo que sirve para calificar a quien es cicatero, cutre, ruin. Los mexicanos no somos cuentachiles, antes bien tenemos fama de ser pródigos, y aun dispendiosos. En nuestras fiestas echamos la casa por la ventana sin cuidarnos de ver si adentro van sus ocupantes. 


Tratándose de Evo Morales hemos de evitar ser cuentachiles. No andemos por ahí preguntando cuánto va a costar su comida o cuál será el costo de su habitación. Pienso que López Obrador hizo muy bien en dar asilo al boliviano. Aunque parezca melodramática, posiblemente es cierta la afirmación del exiliado en el sentido de que eso le salvó la vida. 


No sólo cumplió AMLO un deber de humanidad: también hizo honor a la tradición de México, nación hospitalaria y generosa con los caídos en desgracia y los perseguidos, así hayan sido dictadores y violadores de la ley de su país, como es el caso. 


Claro, tampoco hay que exagerar. Me pareció demasiado sonora la nota que dio Sheinbaum al designar Huésped Distinguido de la Ciudad de México al expresidente boliviano. Eso se vio ya un poco bastante demasiado mucho, si cabe la reiteración. Nada con exceso; todo con medida. 


Ni cuentachiles, cosa que entraña mezquindad, ni sobremanera obsequiosos con el huésped, lo cual puede confundirse con propaganda, y aun con provocación. 


Prudente sería recordar la sabia máxima latina que invita a practicar la “aurea mediocritas”, no dorada mediocridad sino dorado justo medio. No apliquemos aquí el inmoderado “¡Échenle copal al santo, aunque le jumeen las barbas!”, sino el prudente “Ni tanto que queme al santo ni tanto (o sea tan poco) que no lo alumbre”… 


Un hombre joven entró en una tienda de aparatos domésticos y preguntó por el precio de una plancha. “Mil 500 pesos”, le informó el propietario del establecimiento. El cliente se encrespó: “¿Mil 500 pesos por esta chinchurrienta plancha que puedo levantar con la punta de mi…?”. Y dijo claramente con la punta de su qué. 


Al escuchar jactancia tan desmesurada el vendedor lo desafió: “Si la levanta usted con eso la plancha será suya”. El hombre aceptó el reto. Se concentró unos instantes, y cuando estuvo en la disposición debida levantó el artilugio en la precisa forma que había dicho. El gerente, asombrado, reconoció el triunfo del sujeto. Le dijo: “Usted gana, amigo. Y tratos son tratos: llévese la plancha”. El tipo dedicó otros instantes a calmarse y luego salió feliz de la tienda llevando su aparato bajo el brazo. La plancha, quiero decir. 


Pasaron unas semanas. Cierto día el dueño de la tienda se topó en la calle con el individuo. Lo reconoció y le dijo: “¡Usted fue el cliente que en mi tienda levantó una plancha con su… aquello!”. “Sí –replicó el otro–. Y prepárese, porque estoy entrenando para un refrigerador”… (Nota: Conozco a un paisano mío de Saltillo que está haciendo ejercicios para un piano de cola)… FIN


Notas



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