Nobel y pobreza -quinta parte-

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Manuel Zepeda

Manuel Zepeda Ramos


Desde Chiapas Eduardo Robledo, brigadista en jefe de nuestros trabajos en la Sierra Madre, nos convocó a los organizadores y a los responsables de brigada a una reunión de evaluación durante los primeros días de 1972 en la CDMX, en las oficinas del Centro de Estudios y Servicios Sociales, doctor Belisario Domínguez, allá en la colonia Roma, en la planta baja de uno de los edificios del desaparecido Multifamiliar Juárez. 


Allí estuvimos, una tarde del mes de enero, el 6 para ser exactos, fecha en que muchas veces de niños amanecimos con los regalos que nos llevaron los tres Reyes. Fue una reunión inolvidable. Volvimos hacer las evaluaciones de los resultados. 


Los agrónomos, representados por Roberto Coutiño, terminaron las curvas de nivel e iniciaron la construcción de las Terrazas de cultivo en donde se habría de intentar, con apoyo tecnológico y fertilización, el cultivo de nuevos productos de altura que aportarán beneficio para la poca utilidad de las familias. La brigada de ingeniería informó por mi conducto el trazo, excavación y la puesta de las primeras piedras en toda la cimentación de los que habrían de ser los baños públicos de El Provenir, así como la localización de la fuente de abastecimiento del agua requerida. 


La brigada de medicina, por conducto de la doctora Lucy, informó del gran éxito que significó la presencia del grupo MASH, sus consultas, sus diagnósticos y sus curaciones a centenares de habitantes del poblado y de muchos pacientes llegados de las rancherías aledañas. Lilia García, representante de la brigada de odontología, habló de la atención de pacientes, también por cientos, que tuvieron extracciones, opturqciones, tratamientos para eliminar las infecciones que comprometían al buen funcionamiento del aparato bucal. 


Karina Pérez de Alba, de la brigada de pedagogía, dando un informe detallado de la construcción de una futura memoria sociológica del poblado y su trabajo lúdico intenso con los niños, ya de vacaciones, con quienes desarrollaron juegos y construcción de juguetes ingeniosos a partir de desechos orgánicos, así como también de la muestra de bailes folclóricos de algunas partes del país que disfrutaron mucho los habitantes de El Porvenir, entre otros muchos datos informativos. 


Eduardo tuvo la oportunidad de hablar con don Manuel Velasco quien nos ofreció transporte terrestre para la siguiente experiencia, bastimento para el desplazamiento y sobre todo, lo más importante, víveres que los brigadistas puedan llevar a cada uno de los hogares que nos dan lugar para habitar y para dormir. Justamente, las partes que en la primera brigada se convirtieron en real angustia que puso en severa crisis el viaje, estaba ya resuelta. 


Allí mismo en la reunión decidimos que la próxima experiencia fuera en el mes de mayo, coincidente con las vacaciones oficiales. Manos a la obra. Durante la Semana Santa en que viajábamos a la tierra, una tarde me abordó mi hermano Rafael para decirme que él quería ir a El Porvenir. Estudiaba la preparatoria, en el glorioso ICACH por supuesto y sabía por mis maestros que era buen estudiante. 


Le dije que no podía decidirlo yo, sino que Lucy era la responsable de la brigada de medicina. “Regresando a México le consulto a la doctora”, le dije a mi hermanito. Desde muy pequeño, Rafita supo que quería ser médico. Su triciclo era la ambulancia que manejaba con singular destreza. En la primaria., prefería andar de blanco, “como mi padrino Muñoa”, decía, en alusión al doctor Muñoa que lo había traído al mundo y lo había bautizado.


En la secundaria era ya voluntario de la Cruz Roja. No salía de allí; se hizo amigo de todos los médicos, las enfermeras, los voluntarios, y también de los pacientes. Rafita era popular y querido en la Cruz Roja. El viernes santo, mientras me tomaba con mi papá después de comer un cafecito con pan y queso añejo de Villaflores en el corredor de la casa, le pregunté: -Rafita quiere ir a El porvenir ¿Como ves? ¿Le das permiso? - Si tu te responsabilizas, si. Se que lo vas a cuidar. 


Además, tiene una fortaleza que nadie sabe: Rafa domina el Vademecum de cabo a rabo. No exagero si te digo que se lo aprendió todo. Mi papá, que también fue boticario práctico -la actual farmacia de los pobres de Tapachula, él la fundó-, aprendió a manejar el Vademecum, el prontuario de las medicinas de patente, un diccionario para saber qué son y para qué sirven las medicinas. Siempre lo conservó. Cada año, le mandaban uno nuevo, con las modificaciones que las novedades medicinales obligaba. Pues Rafa, decía mi papá, lo conocía todo. 


Ya tenía argumentos para Lucy, pensé. Al regreso, el domingo de resurrección, no dormí en el viaje pensando qué tareas nuevas habría que realizar en El Porvenir, a partir del 16 de mayo. En la primera reunión de Planeacion, abrí los comentarios. Es importante para el proyecto y para los habitantes de El Porvenir, llevar una brigada completa de topografía, para trazar el alumbrado público de El Provenir que no existe y hacerle todo el plano regulador de el pueblo para dejarlo con la información técnica suficiente para lo que se pueda ofrecer en el futuro. 


Todos estuvieron de acuerdo. De pasadita, dijo Roberto Coutiño, “pudieran echarme una manita en las curvas de nivel, si se requiriera”. Al otro día, estaba con el director de la escuela de topografía de la UNAM. Hombre práctico, me recibió de inmediato. Acababa de regresar de Alemania, con su doctorado a cuestas. Nos entendimos de inmediato y de inmediato también se entusiasmó. “Dame, Zepeda -me dijo-, una semana para convocar a los estudiantes destacados y a los que van a ser pasantes; al fin que aquí en ingeniería pasas muchas horas”. A la semana, sin falta, le caí en su oficina. “Ya tengo a todo el personal y nos llevaremos el equipo de punta que acabo de traer de Bonn. 


En mes y medio quedarán listos para aprender a manejarlo. -¿Cuántos van, doctor? Es para planear la estancia y el transporte. -Veinte alumnos y tres maestros, incluyéndome. -Echo doctor. De inmediato lo invité a una reunión de coordinación. Aceptó con gusto. Los siguientes días fueron de gran actividad. Se corrió la voz y llegaban los coordinadores con propuestas, algunos de ellos con sus propuestas vivientes y decían sus motivos por el cual querían ir, todos con emoción que se notaba. A nadie les dijimos que no. Eran buenos estudiantes, regulares y con un espíritu de servicio que se les notaba de inmediato. Me llamó la atención una pasante de química farmacéutica bióloga muy inteligente, de nombre Cristina, que se sumó a la brigada de Martha. 


Eran otros tiempos, tiempos de conciencia social en la juventud nacional. El país cambió después de 1968. El día 15, por la noche, partimos a El porvenir, del mismo lugar de la primera vez: la casa de Martha Rovelo en la SAN Pedro de los Pinos, en la avenida Revolución. Dos flamantes autobuses nuevos de la Cristóbal Colón estaban estacionados desde la mañana. La estrategia de carga estaba diseñada y los viajantes, con sus cosas listas para partir, la movían hacia las cajuelas junto con la gran carga de trabajo -sobre todo la de los topógrafos- y con la batería de Martha, ya histórica, que se volvió indispensable. Esta vez, tardamos menos. 


A las seis en punto, partimos con una gran alegría en la cara, en donde la de los recién reclutados se notaba de inmediato: iban a la gloria. Tenían razón. Iban a un lugar que los marcaría para siempre. 


¿Y por qué dos autobuses? Pues porque éramos casi ochenta brigadistas. Algo estaba pasando en la conciencia de los jóvenes de la época. En Huixtla se sumó mi hermanito. Allí vivían mi abuelo y mis tíos maternos. No tuvo problemas para dormir la noche anterior, porque la noche siguiente ya la pasó con nosotros, durmiendo en los corredores de la presidencia municipal. Se lo entregué a Lucy, como corresponde a la disciplina brigadista. Ya le había platicado de su habilidad farmacéutica. Al despedirnos, me abrazó la doctora Lucy y me dijo al oído para que Rafita no lo oyera: -Nos va a ser de gran utilidad. Llegamos a El Porvenir, a las 13 horas. 


La sorpresa nos la dio Porfirio Díaz, nuestro arquitecto asesor. Ante nuestra vista, los baños de agua caliente estaban terminados y listos para usarse. Sólo faltaba el enchufe del abastecimiento de agua al tinaco. Había cumplido con su tarea, al pie de la letra. Nos respetó todas las sugerencias de materiales a utilizar. Los escusados turcos, bien puestos. Las regaderas, bien escogidas. Los pisos de concreto, martillado, como lo pedimos, para no resbalarse. Estaba feliz. Le digo a Porfirio que, si todavía anda por esta Mundo, le mando un gran abrazo y le digo que toda la brigada de ingeniería aprendimos a quererlo: -¿por qué no hay agua enchufada, Porfirio? Le pregunté. -¿Pensaste que iba a permitir que no lo hicieran ustedes, personalmente, la ubicación de la fuente de abastecimiento mejor lograda desde que soy profesional de la construcción? Le di un abrazo fuerte. Ese día aprendí más del sentido de solidaridad. 


De inmediato lo enchufamos. El tinaco empezó a llenarse, ante la fiesta del pueblo y sobre todo de las brigadistas, que ese día se bañaron todas -se cerraron los baños solo para ellas-, con agua caliente, como si estuvieran en los baños de la alberca de la UNAM. Al cuarto día, me encontré a Lucy en una calle. -¿Como te va con Rafita? -Qué bueno que lo invitaste, Manolo. Nos ha puesto en orden toda la existencia medicinal. Sabe mucho de farmacia. Más que nosotros. Si no fuera a parecer lambisconería, te diría que se convirtió en pieza importante. 


Nos hemos ahorrado mucho tiempo y certeza en la medicación de los pacientes. Le di un beso y me retire satisfecho, orgulloso de mi hermanito. Dos días después, me busco Lucy con cara de preocupación, que la note de inmediato: -No te vayas a espantar, pero Rafa se intoxicó con Chilorio. Diarrea y vómito.. Ya está controlado. Ya tiene suero y está siendo cuidado por toda la brigada. Lo fui a ver. Como futuro médico, estaba sereno, pasando su reposo. Dos días después, estaba listo para seguir su labor parado, porque acostado y con suero, seguía trabajando. 


Acabo de hablar hoy con él y me acordé de El Porvenir. Lo hice porque recibí un WhatsApp en donde me decía que acababan de pasar él y su hija Esperanza, un dengue delicado, en donde las plaquetas se les fueron hasta abajo, poniendo en peligro sus vidas. Estuvieron internados varios días. Como lo hacía desde niño, me avisó hasta que él y su hija estuvieran ya en casa. Si Lucy no me lo hubiera dicho, cosa imposible, él jamás lo hubiera hecho, hasta que estuviera de pie. 


El trabajo de los topógrafos fue impresionante. Prefirieron hospedarse solos, porque convirtieron su casa - una casona vieja-, en taller de trabajo. A las siete de la mañana, cuando ya había sol y cielo despejado para la orientación astronómica, empezaba su labor y ya no terminaba su trabajo de campo hasta que oscurecía. De allí se iban a su casa, a trabajar en sus restiradores llevados por ellos, en los cálculos necesarios, toda la noche, con lámparas de gasolina que ellos también llevaban. La oficina de topografía no descansaba. Se turnaban, si, para dormir un rato, pero no paraban. 


Los resultados fueron muy profesionales, en los que se basaron las diferentes oficinas de Obras Públicas del estado para desarrollar todo el trabajo de urbanización que hoy tiene El Porvenir. Años después me encontré al director en el Barón Rojo, un restaurante cercano a CU. Me dio un abrazo muy fuerte, lleno de cariño: -Es la mejor experiencia de vida, Manolo, que yo y los brigadistas hemos tenido jamás. Los dos lloramos de alegría y nos empujamos una de guisqui, completita, para celebrar aquel momento inolvidable. 


Muchos años después, al día de hoy, los nietos de nuestros anfitriones se acuerdan de esta epopeya, que así la considero, y me la cuentan con un gran gusto y alegría. Son ya estudiantes de Educación Superior y estoy seguro que serán buenos profesionistas. Son los logros colaterales con el tiempo, en un trabajo colectivo que involucra a toda la población. Las Terrazas de cultivo que hicieron los ingenieros agrónomos chiapanecos de Chapingo: Roberto Coutiño, José Luis Ocampo -QEPD-, Nicanor Ordóñez, entre otros, son usadas al día de hoy y es asunto de presumir: -¿Quienes las hicieron? Preguntan los visitantes: -Nuestros amigos, los estudiantes universitarios que vinieron a vivir con nosotros, contestan todos. Los días en El Porvenir transcurrieron con una intensidad pasmosa. Como ya nos sabíamos la rutina, todo se movía como un panal de abejas. 


Cada quien sabía su trabajo y su ruta de operación. A la noche, reunión de evaluación, como todos los días de los quince que estuvimos allá arriba. No obstante ser Mayo, el frío era igual que en diciembre. Cada vez que podía durante el día, me daba una vuelta por el sitio de trabajo de las químicas. Cristina me atraía y no lo podía evitar. Poco a poco, me fui enamorando. Lo que no sabía es que igual le sucedía a Eduardo y a Martha y a Karina y a un topógrafo que visitaba a una compañera de Pedagogía. 


Hoy, Eduardo Robledo está casado con Alejandra Aburto, odontóloga, con quienes procuraron tres hijos y ya varios nietos; Marta Rovelo casó con David Munguía, médico pediatra, con tres hijos y varios nietos; Karina Pérez de Alba, eternamente enamorada de un agrónomo al que acompañó el día de su muerte; el topógrafo y la pedagoga siguen juntos y con varios hijos y seguramente varios nietos y yo, ya cumplí 46 años de casado con Cristina Díaz, química farmacéutica bióloga, ahora también maestra en filosofía y doctora en educación: tenemos dos hijas y dos nietos maravillosos. Son pues, también, buenos resultados en la integración de familias estables, con hijos profesionales, de brigadistas con conciencia profunda de nuestro paso por La Tierra. A mis setenta años, deseo ver todavía muchos “porvenires” en el horizonte mexicano. 


¡Arriba El Porvenir!

Nobel y pobreza -primera parte-
Nobel y pobreza. -segunda parte-
Nobel y pobreza -tercera parte-
Nobel y pobreza -cuarta parte-
Gustavo Dudamel y Natalia Lafourcade, en California