Nobel y pobreza -cuarta parte-

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Manuel Zepeda


Manuel Zepeda Ramos 


Enmiendas: 

Por un error de cálculo que atribuyo a las siete décadas -No me apeno, lo reconozco, sólo pido disculpas-, se me cuatrapearon las fechas de arranque y las vacaciones de diciembre. Hay una justificación: hoy, todo mundo sale de descanso a partir del 18 de diciembre. Pero antes, en nuestra época, era a partir del día 15. Ahí me enredé: la fecha en que escribí 16 para recepción de víveres, medicinas y enceres, es en realidad 14; la de carga y partida, se volverá 15; la llegada a Huixtla, es en realidad el 16 y la llegada a El Porvenir, es el 17. Total: el intenso frío, la neblina y la humedad, es igual el 17 que el 20. 


Cuando lean esta cuarta parte, espero que ya esté corregida la tercera, al menos en Facebook. 


Empezamos: La reunión nocturna del día de la llegada - con todo y falta de visibilidad-, fue necesaria e importante desde el punto de vista estratégico. Detallamos y acordamos la descarga del camión de una buena vez, para tener en tierra víveres, medicinas e insumos para su distribución al otro día, muy temprano y resolver la llegada de alimentos a las casas - había que poner al fuego el nixtamal y los frijoles parados lo más temprano posible para que las familias tuvieran nuestra aportación de “derecho de picaporte”, en tempo-; los medicamentos a la escuela a buena hora para iniciar la consulta médica y odontológica lo más temprano posible, los insumos de topografía de los agrónomos para que pudieran desplazarse lo antes posible al terreno de cultivo; las cartulinas, lápices de colores, trapos de vestuario Folklórico que llevaban los pedagogos y la brigada de educación ordenados y listos para trabajar, entre otros varios detalles que nuestra carga implicaba. 


Llamó nuestra atención un joven muy delgado, de anteojos de fondo de botella y zapatos de sociólogo -así les decíamos a las botitas de gamuza que estaban de moda entre los humanistas-, vestido siempre con jeans y un “chipiturco” que podía detener el peor frío del Ártico. Me preguntaba muchas veces: - Oye Manolo: y esta cajita ¿donde la pongo? Y yo le contestaba con la misma rutina: - mira qué es y ponla en el sitio que le corresponda. Me refería a que habíamos convertido a uno de los salones de la escuela, en bodega. 


A la décima pregunta, paré la maniobra y llame la atención de todos: -Compañeros, el brigadista “de la cajita” -la cajita en turno no se la quitaba del hombro ni para descansar-, va a ser el responsable de ordenar la carga ya estibada. El les dirá donde ponerla. A partir de ahí, “el de la calita” subía y bajaba dando “orientación estratégica” a todos los “cargadores” brigadistas, pero eso sí, siempre con una cajita al hombro, optimizando el tiempo. Pregúntenme como lo bautizamos: “el de la cajita”. 


A partir de ahí, este pedagogo trabajador, que hizo un estudio socioeconómico del pueblo en lo que cae un rayo, que descubrió dichos y modismos regionales y que en cada noche de reunión de evaluación nos entregaba una investigación nueva, se convirtió en un personaje muy importante y simpático entre los brigadistas: ahí viene el de la cajita; le preguntemos al de la cajita; el de la cajita debe saber. Este brigadista, estoy seguro que si vive todavía, es un pedagogo consumado al servicio del país, con estudios de doctorado en el extranjero porque quien haya ido allá arriba a servir a la gente necesitada habrá quedado marcado para siempre, pero que en El Porvenir nunca lo llamamos por su nombre. 


El de la cajita. Así quedó bautizado para siempre este eficiente pasante de pedagogía que fue a trabajar en serio y que nuestro imaginario colectivo lo conserva con gran cariño y reconocimiento. El 18 de diciembre nos amaneció temprano. Todavía quedaban restos de Chilorio y/o pozole -los embutidos volaron-, de la cena anterior que fue lo que desayunamos, al tiempo que conversábamos con la familia completa y nos aprendíamos sus nombres, que no era fácil. En cada casa había un ejército de gente. 


A las ocho de la mañana, ya había cola de pacientes en los consultorios médico y odontológico. La doctora Lucy asumió su papel de directora en jefe de la brigada, ordenando a sus médicos con sillas y mesas de madera prestadas por los habitantes para iniciar cuanto antes la consulta. La dentista Lilia, también con mesas y sillas, ponía orden a su consultorio.


Llevaron taladros portátiles accionados con el pie como si fueran máquinas de coser, con su juego de fresas para trabajar las piezas. La brigada de ingeniería se puso de inmediato a localizar el sitio en donde debía de construirse el baño colectivo con agua caliente, para evitar el gran problema de El Porvenir de aquella época: la escabiasis, una sarna crónica en sus habitantes, provocada por una araña diminuta por falta de aseo. 


A la noche, en la reunión de evaluación, surgieron los primeros resultados: los médicos registraron medio centenar de consultas, en donde los escabisidas tuvieron gran demanda, fiebres permanentes por infecciones no resueltas, embarazos en crecimiento, puestas de sueros en pacientes deshidratados, entre otros resultados. Los odontólogos registraron las primeras extracciones con antibióticos indicados y las primeras obturaciones exitosas con el taladro mecánico. 


Los agrónomos muy satisfechos por haber trazado las primeras curvas de nivel para la construcción de terrazas de cultivo y el inicio de las excavaciones para su construcción de parte de los campesinos de El Porvenir. La brigada de química empezó a clasificar el tipo de sangre de sus habitantes. Los ingenieros ubicaron el sitio de construcción del baño público con agua caliente, pero sobre todo la fuente de su abastecimiento de agua, un manantial de buen gasto que afortunadamente estaba a un lado del sitio localizado. Presentamos al arquitecto Porfirio Díaz, empleado de Obras públicas del gobierno del estado que el doctor Manuel Velasco Suárez había enviado para ponerse a nuestras órdenes. 


Los pedagogos de Karina Pérez de Alba, “el de la cajita” entre ellos, nos presentaron el primer trabajo de campo en torno de las necesidades urgentes educativas por las que atravesaba el pueblo. La brigada de educación nos enseñó un programa lúdico de enseñanza del folklor de México para el conocimiento de los habitantes, a realizarse en los siguientes días. Mientras los informes se sucedían, Eduardo y yo cruzamos miradas muchas veces, contentos -y orgullosos, por qué no-, de un proyecto que había nacido meses atrás y que ya era una realidad absoluta. 


Es muy importante señalar que el interés mostrado por el gobierno del estado con nuestra presencia en la Sierra Madre de Chiapas, fue relevante. Además de haber llegado un técnico en construcción con experiencia y vehículo correspondiente, también nos mandó al subsecretario de gobierno, Gerardo Pensamiento Maldonado, junto con Jeep de doble tracción, aquel tapachulteco ilustre que hoy es notario público en Comitán y, afortunadamente, goza de cabal salud. El apoyo de la dos funcionarios se tradujo en mayor eficiencia de los brigadistas que vimos en ellos una ayuda de verdad, en la resolución de problemas que nos rebasaban. 


Sin embargo, las desgracias con suerte no tardaron en aparecer. El desplazamiento de la brigada de química a una comunidad muy cercana a El Porvenir en el Jeep que traía el licenciado Pensamiento, tuvo un percance que pudo ser lamentable. Llegó un momento que se tenía que hacer una maniobra en un camino de herradura muy estrecho. Don Gerardo, hombre de precauciones, le pidió a la brigada que se apeara del vehículo para quedarse solo al volante. 


Era una maniobra peligrosa. En un santiamén, al intentar una reversa necesaria, el Jeep se “desbarrancó” en un talud de unos 15 metros de profundidad. Dicen los que estuvieron presentes, que fueron angustias interminables, tremendas. El ruido producido fue impresionante mientras el vehículo se desplazaba sin control a la profundidad del despeñadero. Por fin se detuvo y un silencio profundo se apoderó de los presentes. Pensaron lo peor. 


De repente, se escuchó la voz firme de Gerardo: “No se preocupen. Estoy bien. Voy para arriba”. Tardó en salir. Pero un grito de alegría, unísono, sonó en la Sierra cuando Gerardo apareció en escena; todo enlodado, si, pero ileso y sin un rasguño. Esa noche de evaluación, Gerardo y la brigada de química se llevaron los focos de atención...y un gran aplauso. La vida en las casas de los habitantes transcurría mejor de lo que imaginamos. 


Había una convivencia funcionando y los brigadistas y las familias empezaron a desarrollar afectos importantes. A cada noche de evaluación se sumaban resultados que nos conmovían por la entrega de los brigadistas y la aceptación de los habitantes. No he dicho, por ejemplo, que en la brigada de educación venía una maestra que ejercía su profesión en una escuela primaria de Ciudad Neza de manera destacada. Había nacido en Comitán quien después se habría de convertir en un personaje destacado de la política nacional. Su nombre: Elba Esther Gordillo, una maestra en aquella época entregada a su tarea de brigadista como cualquier otro de los que subimos a la Sierra y, en México, a su esposo enfermo. Allí platiqué muchas veces con ella. Me pareció una mujer inteligente. 


Un día, ya cercano a navidad, nos anuncian la llegada del gobernador de Chiapas al Porvenir, en Helicóptero. Yo veía al cielo y el techo atmosférico estaba en el suelo. No veía la manera de que un vehículo aéreo entrara ese día. Pero de repente, las nubes empezaron a moverse, el viento empezó a soplar y el sol entró a El Porvenir. Es un milagro, decían sus habitantes. De repente, el sonido a lo lejos del motor indiscutible de un helicóptero se oyó en el ambiente. El doctor Velasco Suárez, gobernador de Chiapas, bien abrigado, bajaba del vehículo aéreo y pedía reunirse con nosotros. 


En medio de unas rocas a la orilla del pueblo, se hizo la reunión, inolvidable para muchos brigadistas. Allí, habló el científico y el humanista. Nos conmovió. Nos sentimos útiles a la nación y muy orgullosos del deber cumplido. El pueblo nos aplaudía al dicho de don Manuel y más de uno, brigadista y habitante, soltó una lágrima de emoción. A nuestros escasos 20 años, nos sentimos verdaderos profesionales al servicio del pueblo y también más de uno pensó que la sangre derramada en la Plaza de las Tres Culturas y en el jueves de Corpus de 1971 a escasos meses de haber subido a la Sierra, no fue en vano. 


Esa noche hicimos fiesta en la casa del comisariado ejidal. Bailamos con una marimba que ejecutaron los agrónomos y yo, tocando la batería de Martha Rovelo que llegó sana y salva a la Sierra, llevando el ritmo como se podía. Hicimos una enorme fogata al rededor de la cual Roberto Coutiño, responsable de la brigada de agronomía y con música de El Querreque, hizo una glosa maravillosa de nuestro paso por la Sierra. Como Álvaro Carrillo hizo con “El Andariego”, para convertirlo en el himno informal de Chapingo, Roberto hizo “El Querreque de la Sierra”, que todos los brigadistas que estamos vivos recordamos palabra por palabra como si fuera hace casi 50 años y que cantamos cada vez que aparece el entusiasta de Roberto Coutiño que nos hace recordarla. 


Esa noche casi nos amanece. Nos fuimos a dormir con uno de los fríos más intenso que yo tenga memoria. Mi sleeping bag parecía por dentro una alberca de agua fría de la intensa humedad que existía. El 24 de diciembre, después de despedirnos de cada uno de nuestros huéspedes amados, hacer el compromiso de volver muy pronto y recoger los equipos correspondientes, partimos de regreso a las dos de la tarde. En Huixtla, algunos se regresaron a Mexico en el “autobusito” que, créanlo, llegó a México sin novedad. Otros nos regresamos a Tuxtla en la Colón. Llegamos a la capital de Chiapas antes de la doce de la noche. Doña Esperanza y don Laco, Junto con todos mis hermanos, me esperaban para la cena de Navidad a las 12 de la noche. En la entrega quinta, les platicaré de la segunda brigada a El Porvenir. Porque regresamos con más ganas...y más brigadistas.


Notas



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