Nobel y pobreza -tercera parte-

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Manuel Zepeda Ramos


Nuestras gestiones ante paisanos funcionarios y el secretario de salud, dieron resultados: Don Jorge de la Vega nos recibió personalmente. Nos felicitó y nos animó con palabras de aliento. Salimos de la avenida Juárez con la promesa de cereales y gramíneas -maíz, arroz, frijol-, con lo que ya podíamos llegar a El Porvenir, a cada casa de las familias numerosas sin las manos vacías. Pero también nos ofreció abarrotes: azúcar, chocolate, latería, pan de caja, dulces para los niños, entre otras cosas. 


Don Rafael P. Gamboa Cano -QEPD-, quien nos aconsejó con mucha emoción y nos dijo estar orgulloso de sus jóvenes paisanos, nos propuso darnos carnes frías para el viaje y carne enlatada. El chilorio sinaloense y el pozole jalisciense tuvieron un gran éxito en los primeros días, importantísimo para poder ser bien recibidos y aceptados en cada hogar. 


Don Edgar Robledo Santiago -QEPD-, nos habló de la Sierra y de El Porvenir en particular, con gran dominio y conocimiento de la zona, como ejemplar maestro rural que fue cuyos terrenos los caminó intensamente. “Tienen que llevar frazadas, nos dijo, para ustedes y para las familias. Eso es tan importante como comer y beber”, agregó. También nos ofreció utensilios de cocina, enseres para el aseo y la limpieza, entre otros productos. Don Jorge Jimenez Cantú -QEPD-, fundador del Pentatlón Militar Deportivo Universitario, también nos recibió muy cariñoso y entusiasta , en las oficinas de la Secretaría de Salud que hoy día todavía están al lado del bosque de Chapultepec. Nos dijo que éramos ejemplo para los jóvenes mexicanos. ”Es muy importante que las nuevas generaciones estén al pendiente de su pueblo”, nos dijo; y ustedes “representan en este momento a esa juventud vanguardista que el país necesita”. 


Salimos muy contentos de la secretaría y admirando la elocuencia de don Jorge, además de su complexión física: la de un atleta consumado, a pesar de que estaba ya muchos años arriba del medio siglo. A todos nuestros “patrocinadores” le dijimos lo mismo: necesitamos los donativos a más tardar el día 16 de diciembre por la mañana ¿A donde vamos por ellos? Y la respuesta siempre fue la misma: de ninguna manera: nosotros se los llevamos a donde nos digan. 


Eduardo, Marcos y yo empezábamos a ver la luz del día. Los últimos meses fueron intensos. Además del reclutamiento de brigadistas cuya inmensa mayoría no tenía experiencia - como tampoco nosotros, pero con ese gran espíritu de servicio que nos permitió aprender rápido mientras planeábamos el qué hacer-, los recibíamos en la oficina del multifamiliar por la noche, casi a diario, para enseñarles los primeros pasos para llegar a ser un buen brigadista del servicio social en lugares marginados con condiciones difíciles para la vida diaria. Así, Karina Pérez de Alba Perezgasga, pasante de Pedagogía por la UNAM, se convirtió en la coordinadora de la brigada de Pedagogía, con el encargo de reclutar al mayor número de pedagogos posibles, estudiantes o pasantes. La doctora Lucy, Lucia Bertha Yáñez Velasco, también de la UNAM, ya médico general, fue la encargada de la brigada de medicina y con la misma encomienda. Martha Rovelo, responsable de la brigada de química, UNAM también, ya tenia a dos químicas reclutas y sumadas a la tarea de buscar equipo y organizar el trabajo para la Sierra. 


Lilia Garcia, de la brigada de odontología y unamita recalcitrante, por lo consiguiente: ya había reclutado a Alejandra Aburto Sánchez y a Gloria Norma Alcaraz Vázquez. Así avanzábamos. Por ejemplo, decidimos que íbamos a cargar todos los insumos para el viaje en la casa de Martha Rovelo, en la San Pedro de los Pinos, en Revolución. Una casa en esquina, con un garage grande que nos iba a permitir almacenar y maniobrar para volver a cargar, casi de inmediato. Para el día 10 de diciembre, ya éramos 35 brigadistas. Pero el gusto por el número de convocantes se vino abajo cuando, faltando 5 días para partir, nuestras propuestas de transporte, para víveres y pasajeros, se vinieron abajo. 


Entramos en crisis. ¿Por que no les pedimos transporte en su momento a nuestros paisanos funcionarios? Nos serenamos. Robledo propuso una posible solución: Don Edgar. Había visto un camión de pasajeros viejo estacionado en los garages del ISSSTE. Lo fuimos a ver. En efecto, ahí estaba; pero de que era viejo, resultó piropo: ¡estaba viejísimo! ¿Se acuerdan del Coyoacán Roma 20 de noviembre que atravesaba, viajando desde el centro, la colonia Roma, Del Valle y Coyoacán, hasta llegar a Ciudad Universitaria, un autobús viejo en serio, de color gris, cuyos asientos iban pegado a las ventanas, como las combis de ahora? ¡Igualito! ¡Hasta el Color! Nos miramos los tres y, la verdad, nos invadió la risa, por puro nerviosismo. ¡Al mal paso, darle prisa! dijo Eduardo. Subimos a ver a don Edgar. Siempre tan atento, nos recibió. Le planteamos nuestro gran problema. 


También se rió, para decirnos: -Pero ese camión...adonde van: ¿a Chalco o a Chiapas? Ahí si, carcajada colectiva. -Tienen un gran entusiasmo y, aunque no lo crean -nos dijo-, no tengo autobuses. Pero yo también soy entusiasta y creo mucho en su proyecto. Que venga mi secretario. Le voy a pedir que mande a arreglar desde ahorita ese autobús. Que le ponga llantas nuevas, que consiga al mejor chofer...y que Dios los bendiga. Por la alegría y el entusiasmo, se nos olvidó hablarle acerca del transporte de víveres. -ya veremos qué hacemos -pensé yo, sin decirlo: pues cargarle todas las pulgas al autobusito. No hay de otra. Así fue. El 16 de diciembre empezaron a llegar las cosas. 


Afortunadamente, Martha tenía en su casa un congelador horizontal, a donde metimos todas las carnes frías de Ferrería, que nos sirvieron para el viaje y, considerando el intenso frío de la Sierra -diciembre-, pudimos estirar su rendimiento por dos días más. Los habitantes de El Porvenir comerían, con nosotros, embutidos de la Ciudad de México. Los demás insumos también llegaron, puntualmente. Las medicinas, las cobijas, los granos, los abarrotes, todo. 


El día 17 era el día D. Desde muy temprano, apareció el autobús gris. Puntual, guapo, bien bañadito, con zapatos nuevos, al tiempo que llegaban los primeros brigadistas. Sin despeinarme, les dije: -¡Vamos a cargar! -A quien y en donde, me respondieron. -Pues al autobús. El que está allá afuera. -¡cómo! ¿En esa chatarra? -Si. Y no es chatarra. Está camuflado para que no se enteren del cargamento valioso de brigadistas inteligentes que lleva. 


Todos nos reímos y pues, ¡A cargar el autobusito! -Primero los sacos de Maíz, Frijol y las cajas de medicina. Encima, los de arroz que son más delicados. Al fondo, abarrotes y utensilios, así como el equipo topográfico de la brigada de agronomía y los microscopios y otros utensilios de los químicos. En la canastilla, el equipaje de los brigadistas, que parecían que iban a Europa por tres meses. 


Bueno, hasta una batería de Martha Rovelo nos llevamos en la canastilla, para hacer percusiones con la marimba que nos dijeron había en el porvenir, ya que iban en las brigadas dos marimbistas capaces y un guitarrista compositor y buen ejecutante, para el convivio de las noches con la comunidad en la casa del pueblo. Pues cupo todo. 


Eso si, parecía camión de húngaro, a punto de exhibir la película y a leer, las mujeres gitanas, la suerte en las manos: no habían asientos. Quedaron cubiertos por la carga y los sacos de maíz se convirtieron en “camas de viaje”. -¿Alguna objeción? pregunté. -Ninguna, Manolo, se escuchó un coro que a mí me pareció celestial. Vamos bien, me dije. A las 18.30 del 17 de diciembre de 1971, partimos al porvenir, con un Datsun nuevo color verde de la doctora Lilia que lo llevaba a Coita, a presumir. 


Afortunadamente, Chalco quedó atrás, rompiendo esa broma de don Edgar que a nosotros nos pareció presagio preocupante. Desgraciadamente, tuvo que haber una mala onda en el trayecto. Ya para llegar a Paso del Toro a las 0.30 horas del 18 de diciembre y emprender hacia Alvarado para atravesar los Tuxtlas buscando Acayucan para apuntar a Juchitán y atravesar el Istmo de Tehuantepec, el recién estrenado Datsun color verde de la doctora Lilia en el que iba parte de la brigada de medicina, se accidentó, quedando en mal estado pero ilesos todos sus ocupantes. Sin embargo, despacio podía avanzar. Pensé en mi prima hermana Esperanza Ramos de Mora que vivía en el Puerto de Veracruz. 


Llevamos el carro hasta el fraccionamiento Reforma. Afortunadamente, pasó desapercibido por la Policía Federal. Accedió mi prima querida a recibirlo. Allí lo guardamos, diciéndole que lo recogeríamos hasta enero ¿Verdad que es un encanto? Seguimos para adelante. Por fin, llegamos a Huixtla a las siete de la noche, sanos y salvos, en el autobusito que nadie daba un cacahuate. Dormimos en los corredores del Palacio Municipal a pierna suelta y, al otro día, muy temprano y antes de que apareciera el Sol, emprendimos hacia Motozintla en tres redilas de tres toneladas y uno más para la carga, que operaba por toda la Sierra para la cooperativa de transporte de la región que encabezada Jorge Montesinos. Debo decir que aquí empezó otra aventura de viaje. 


Era diciembre y la terracería del camino estaba muy lodosa. Los choferes y ayudantes de los camiones, grandes expertos, le pusieron cadenas a las llantas para que no derraparan. Por un lado, el gram muro de piedra; del otro lado, voladeros de 100 metros de profundidad. Los brigadistas, todos, hombres y mujeres, vencimos el miedo. Arribamos a Motozintla para después emprenderla hacia El Porvenir, a donde llegamos a las tres de la tarde en medio de una densa neblina y un frío de los mil diablos. Nos estaba esperando la sociedad y la autoridad, que nos recibieron con muestras de afecto. Muy ordenados, estaba cada familia que recibiría a cada brigadista. 


Esa noche, después de hablar con todos los integrantes de cada familia en donde les decíamos, entre otras cosas, que llegábamos con comida para compartir con ellos. La cena y el desayuno lo resolvimos con chilorio, pozole y embutidos de Ferrería para organizar al otro día, a primera hora, la repartición de víveres a cada familia. Ya muy noche del todavía 19 de diciembre, tuvimos nuestra primera junta de trabajo en la escuela del pueblo. Llegamos como pudimos, acompañados por nuestros anfitriones, con lámparas de mano dadas por CONASUPO porque era la única manera de poder caminar por las calles: no se veía a 50 centímetros de distancia. 


Yo nunca miento. Esa noche después de la junta, la primera noche en El Porvenir, caímos como fardos por el exceso de cansancio, pero muy contentos de estar en el sitio que cuatro meses antes escogimos con todo cuidado. Quedamos marcados para siempre. Era el 19 de diciembre de 1971, casi a la media noche. El trabajo en El Porvenir y el desempeño de las brigadas, se los cuento en la cuarta parte.

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Nobel y pobreza -primera parte-
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