Plaza de almas

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Catón ok


Por Catón


Tantos lugares comunes hay en este mundo que un lugar común más no importará. Ese lugar común es muy común: no entiendo a las mujeres. Y en mi caso qué bueno. Si las entendiera quizá ya no me gustarían tanto. Me gusta su cuerpo, desde luego. 


No faltará quien me reproche empezar mi relación de gustos por la parte corporal de la mujer, pero estoy muy al margen de esas reclamaciones feministas. Toda mujer tiene en su cuerpo algo hermoso, aunque ella misma a veces no lo sepa. Me encantan sus movimientos ondulantes al andar. Me agrada su perfume, sin importar que no lleve ninguno. 


Cuando lo lleva su aroma me marea, pues alcanzo a percibir las infinitas sugerencias que en él van. Me seducen sus pies. Intuyo que están hechos especialmente para que el hombre los adore, y pienso que aunque estén cerca de la tierra son heraldos anunciadores del cielo. Todo me gusta, en fin, de la mujer. Pero no la entiendo, ya lo dije. Podrá ser esposa, novia, amante, amiga, compañera de trabajo, pareja ocasional, pero será siempre un misterio. Tomen ustedes, por ejemplo, a mi señora. Jamás, nunca la he entendido. 


Desde que la conozco he intentado descifrarla igual que un matemático trata de resolver un problema inextricable, y sin embargo todos mis esfuerzos por llegar a comprenderla se han estrellado en el enigma. Y eso es cosa de todos los días. Su volubilidad, sus veleidades, sus caprichos me vuelven casi loco. A veces parece que soy lo máximo para ella, y luego me trata con indiferencia tal que llego a sentir que no soy nada. Si en esas ocasiones no salto por la ventana de este sexto piso es porque me lo impide el instinto de conservación. 


Estoy exagerando, claro, pero no mucho. Además obra una circunstancia poderosa: la amo. Sin ella mi vida se volvería imposible. Y sé que también ella me quiere y me agradece que le dé mi amor. Con él le aparto las sombras de la soledad, a la que tiene horror desde que sus padres murieron en un accidente de automóvil cuando era pequeñita, y fue a vivir con unos tíos que a fuerza tuvieron que recibirla y no le dieron ni un asomo de cariño. 


Ahora que lo pienso eso explica quizá su manera de ser; sus súbitos arrebatos de amor y luego su alejamiento de mí; la forma cruel en que me aparta cuando me le acerco para decirle sin palabras, con una caricia, con una mirada, que mientras yo viva nunca estará sola. La amo profundamente. Sé que nadie la ha querido ni la querrá como la quiero yo. Hay días que me sorprende la intensidad de mi amor, y no obstante me es imposible ponerle límites. 


Desde que vivimos juntos le he guardado una fidelidad que cualquiera llamaría perruna. A ese extremo llega mi amor, y a otros aún mayores. Lo digo porque sé que ella sale con hombres. Hoy con uno; mañana con otro. Me siento mal por eso, claro; me lleno de terribles celos. Siento rabia, furor, y quisiera no volverla a ver. Luego me pongo triste, y ni siquiera sus caricias me compensan por ese sufrimiento. Pero estamos atados por un nudo de amor. 


Ni ella puede apartarme de su lado ni yo puedo irme del suyo. Nuestro amor es diferente a todos, y habrá de durar hasta el final. Por eso ni a ella le importa mi incomprensión ni a mí me importa lo que haga. Soportaré siempre sus desvíos, sus arrebatos, sus indiferencias, sus alejamientos. Vuelvo a decir que no la entiendo ni la entenderé jamás, que no comprenderé nunca su manera de ser, la forma en que a veces me trata. Si fuera un hombre quizá ya me habría alejado de ella para siempre, la habría devuelto a su soledad, a su tristeza de antes, la habría abandonado. Pero no soy un hombre. Soy su perro… FIN.

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