Nobel y pobreza. -segunda parte-

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Manuel Zepeda Ramos


Algunas precisiones: 


1.-Esta experiencia colectiva inició hace casi medio siglo. Exactamente, en este ya cercanísimo diciembre, cumplirá 48 años. 


2.- Los participantes éramos pasantes, profesionales y estudiantes de la Educación Superior de universidades e instituciones respetables instaladas en la Ciudad de México y sus alrededores. Todos habíamos sido testigos y/o participantes en el movimiento estudiantil de 1968. 


Todos íbamos sin ningún compromiso formal universitario en el cumplimiento del servicio social para poder acceder al título. Éramos pues, voluntarios; sin ningún interés manifiesto que no fuera el poder devolverle al pueblo la histórica -conciencia clara en cada uno de nosotros-, oportunidad de haber podido acceder a la Educación Superior como parte de una infinita minoría de la población nacional. 


Procedamos. 


Un día de abril de 1971, Eduardo Robledo, Marcos Nazar y yo nos reunimos en la casa de estudiante de la CDMX del ahora ex gobernador de Chiapas, para tomarnos un trago. En la plática, fue saliendo esa “frustración” que da la vejez de tus 20 años y no haber podido hacer nada significativo que justifique ante el Mundo nuestra existencia. Robledo puso el ejemplo de Eraclio Zepeda quien, cuando tenía nuestra edad, no había dudado un instante para ofrecer su vida por la Revolución Cubana en aquel tiempo injustificable ataque militar a Playa Girón en la Bahía de Cochinos de los contrarrevolucionarios cubanos con el apoyo del gobierno norteamericano de John F. Kennedy, cuando él, Laco, estaba en Santiago dando clases en la Universidad de Oriente de literatura iberoamericana.


¿Que podríamos hacer? Nos preguntábamos. Surgió una propuesta, de Robledo, en la que estuvimos de acuerdo: debemos ir a Chiapas a ofrecer nuestro servicio social a algún lugar del estado que reúna condiciones extraordinarias de marginación y pobreza. 


Nobel y pobreza -primera parte-


Concluimos que debíamos reclutar voluntarios, preferentemente chiapanecos, en las Instituciones de Educación Superior de la capital de la República, dado que en el estado no existía Educación Superior que no fuera la escuela de Comercio que Federico Salazar fundara y el inicio de lo que sería la escuela de Ingeniería cuya primera generación, por cierto, vino en esa época a la UNAM a cursar las últimas materias para concluir los estudios en donde tuve la oportunidad de ser compañero de aula con algunos de los ahora distinguidos ingenieros de Chiapas. 


Quedamos, por último, en volvernos a ver dentro de un mes. Los resultados de la gestión durante ese lapso, arrojó los primeros resultados. Robledo y yo fuimos a Chapingo a buscar paisanos. Los encontramos y no solo eso: nos quedamos de “gaviotas” un par de días -así se les decía a los no futuros agrónomos que visitaban a la Escuela de Agricultura, la que fuera Casa de Estudios de Álvaro Carrillo y que convirtiera a “El Andariego” en el himno informal de Chapingo. 


Los gaviotas se podían quedar en las habitaciones de los estudiantes con derecho a las tres comidas , en un colegio espléndidamente instalado por el Estado mexicano-, tiempo en el que diseñamos prácticamente con Roberto Coutiño, José Luis Ocampo y Nicanor Ordóñez, estudiantes de agronomía en diferentes especialidades, las enormes posibilidades de trabajo, faltando solo el sitio exacto para afinar el proyecto. Los agrónomos se quedaron profundamente entusiasmados con la posibilidad de poder servir a los chiapanecos y vaya que lo hicieron bien, muy bien. 


Reclutamos a los primeros ingenieros, Rafael Aranda Hernández y Zadoth Zúñiga, así como a los médicos de la UNAM, que en la Sierra se convirtieron en los eficientes doctores del grupo MASH, en honor a aquella comedia cinematográfica sobre Vietnam y que llevara de protagonistas a Elliot Gould y Donald Sunderland, entre otros actores. Reclutamos de inmediato a la eficiente y profesional Martha Rovelo, natural de Berriozábal, para integrar la brigada de Química en la UNAM, quien aceptó de inmediato, así como a la célebre odontóloga coiteca, Lilia Garcia quien, como lo hiciera la química Rovelo, no dudó en aceptar la encomienda. Robledo pudo conseguir en el ahora desaparecido multifamiliar Juárez, una oficina en la planta baja que habría de convertirse en las oficinas del Círculo de Estudios y Servicios Sociales, doctor Belisario Domínguez, AC, organización chiapaneca en la CDMX que nació con el proyecto de la Sierra y en la que, en los siguientes meses, habríamos de planear y diseñar el viaje a Chiapas. Al mes cumplido, Eduardo, Marcos y yo nos volvimos a reunir, ya en las oficinas, para evaluar el avance. Entramos de lleno al objetivo: el sitio de trabajo. 


Eduardo, que conocía muy bien la Sierra Madre de Chiapas porque fue maestro rural justamente en esa zona, planteó que debía ser esa región chiapaneca el lugar del desarrollo del proyecto, dado que era territorio de contrastes que iba desde la gran riqueza natural a la inmensa pobreza de sus habitantes. Estuvimos rápidamente de acuerdo. 


Nada más hacia falta el sitio exacto para el arranque. Después de muchas horas de discusión y de propuestas porque habían muchas opciones, llegamos a la conclusión que era el municipio de El Porvenir, ubicado a tres mil metros de altura, el lugar indicado. Su cabecera, de igual nombre, tenía en aquella época 340 hombres y 400 mujeres que se dedicaban al cultivo de la papa y el repollo, siempre con malos resultados. Los padres de familia abandonaban por varios meses su comunidad para bajar al Soconusco, vía Motozintla, e ir al corte de café, plátano y cacao. 


Regresaban con el tiempo exacto para embarazar a su esposa en la construcción de la “marimbita”, con un promedio de 8 a 10 hijos por organización familiar. Era el sitio exacto. Se llamaba El Porvenir, con un paisaje suizo extraordinario, abundante agua -100% de humedad-, frío intenso todo el año, pero con una gran pobreza palpable. Vamos al Porvenir, decíamos, para impedir el regreso al pasado. 


Curiosamente, El porvenir en particular y la Sierra Madre en general, era territorio en donde se formaban maestros de enseñanza básica de gran calidad. Hace menos de dos años, me encontré en la terminal de autobuses de Tuxtla a un habitante de la Sierra, natural de El Rodeo, miembro de una familia de 12 hermanos. Hoy es un maestro calificado de enseñanza media, con una maestría obtenida en una universidad privada. 


Aquí, en este mismo espacio, reseñé el encuentro y lo propuse a Alfonso Romo, por estas líneas, como prospecto indiscutible para liderar la siembra de árboles en la Sierra, dado que es un conocedor de su tierra y de sus plantas. No supe qué pasó y que fue de él. En las discusiones de trabajo, ya con la participación de los invitados, decidimos que debíamos de vivir en las casas de los habitantes pero no podíamos llegar a un sitio de pobreza, sin comida que compartir.


Acordamos acudir a los paisanos que estaban ejerciendo responsabilidades con la Federación. Decidimos ir a ver a don Jorge de la Vega Domínguez, que estaba dirigiendo la CONASUPO, a quien le pedimos granos y alimentos procesados; a don Rafael P. Gamboa Cano que dirigía Ferrería, el gran sitio de abasto de la carne para la súper poblada CDMX, le solicitamos alimentos enlatados y embutidos que Ferrería ya producía; a don Edgar Robledo Santiago, titular del ISSSTE, el poder llevar frazadas y utensilios para la vida diaria, que pudieran -decíamos-, ser donados por las tiendas y al Secretario de Salud del gobierno federal, el doctor Jorge Jiménez Cantú, para la adquisición de medicamentos suficientes que nos permitieran arribar al sitio del proyecto con dignidad y con sentido solidario. 


Debo decir que este proyecto de servicio social, siempre fue visto con mucha simpatía por el gobernador del estado, el doctor Manuel Velasco Suárez, quien nombró a su hijo Jesús Agustin, su enlace con nosotros. El gobernador fue el que nos abrió la puerta con el doctor Jiménez Cantú y quien sugirió llevar dentro del cuadro de medicinas un medicamento en contra de la escabiasis, enfermedad recurrente en los sitios de bajas temperaturas en la Sierra por falta de baño. 


De inmediato pensamos en construir unos baños públicos dotados de agua caliente.en cuanto llegáramos a El Porvenir. ¿Como nos fue en nuestra incursión con los paisanos distinguidos de aquella época? ¿Como llegamos hasta allá y en qué condiciones? 


Eso se los cuento en la tercera parte porque, como bien dice mi querido paisano doble, alumno distinguido de la Universidad Veracruzana, Ruperto Portela Alvarado: Se acabó el mecate. 


Notas


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