Justicia mexicana

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Por Catón


Hace algún tiempo peroré ante una audiencia formada por juristas. Narré en esa ocasión el cuento de la turista extranjera que en cierto pequeño pueblo mexicano acudió ante el juez pedáneo y se quejó de haber sido víctima de los bajos instintos de un vecino de la localidad. Declaró que iba ella por un oscuro callejón cuando repentinamente le salió al pasó el individuo. Usando de violencia la puso contra la pared y así, de pie como estaba ella, la hizo objeto de su lascivia, su lujuria y su sensualidad. Relató que al siguiente día se lo topó en el tianguis del lugar y pudo averiguar su nombre. El juzgador envió dos gendarmes a traer al acusado. Al verlo quedó atónito: el tipo era un hombre de estatura ínfima, en tanto que la denunciante medía casi 2 metros de altura. “Señora –amonestó a la mujer–, deberá usted fundar su acusación y aportar pruebas fehacientes, pues según su declaración, que consta en autos, el acusado cometió el delito que le imputa estando usted de pie. 


La gran diferencia de estaturas hace físicamente imposible tal acción”. Explicó la turista: “Es que él se ayudó con un cazo de esos para hacer chicharrones de marrano”. Pidió el juez: “Traigan el cazo”. Lo trajeron. “A ver, chaparro –le ordenó el juzgador al indiciado–. Súbete al cazo”. Obedeció el petiso. Ni aun sobre el recipiente alcanzaba a llegar a la cintura de la mujer. “Señora –sentenció entonces el letrado–, no logró usted demostrar su acusación. El chaparro sale libre”. La extranjera salió de ahí diciendo pestes de la justicia mexicana. El chaparrito ya se iba también, muy escurrido. El juez lo detuvo: “A ver, chaparro, ven acá. Ya te declaré inocente, y nadie puede ser juzgado dos veces por el mismo delito. Aquí entre nos dime: ¿hiciste lo que dice la mujer?”. Vaciló el sujeto pero finalmente admitió: “Sí lo hice”. Y el juzgador, asombrado: “¿Cómo te las arreglaste? Ella es una giganta, tú un pigmeo. Ni siquiera trepado sobre el cazo llegabas a donde tenías que llegar”. “No, señor juez –aclaró el tipo–. 


Yo le hice en otra forma. Le eché el cazo en la cabeza y me agarré de las orejas”. Los asistentes a mi charla rieron el cuento y más cuando, riendo también, se puso en pie uno de ellos y se señaló a sí mismo como para significar: “Ése fui yo”. Era Eduardo Medina Mora. Yo digo que la estatura física de un hombre no significa nada, lo que cuenta es su estatura moral. El más absoluto desaseo privó en la renuncia que el citado personaje hizo a su cargo de ministro de la Suprema Corte. Por principio de cuentas el Presidente López Obrador no debió haberla aceptado, pues en ella no constaba la causa de la renuncia, y por tanto el documento que presentó el renunciante estaba viciado: el cargo que ostentaba es irrenunciable, y sólo se puede abandonar por causa grave en los términos de la Constitución. 


También fue grande falta se inasistencia al Senado, el cual dio igualmente validez a la renuncia sin que se cumpliera el requisito constitucional. El actual Presidente proclamó hace años: “¡Al diablo las instituciones!”. Puntualmente se está cumpliendo esa proclama… El padre Arsilio predicó unos ejercicios para mujeres casadas. En el curso de la predicación las exhortó a la fidelidad matrimonial. Les preguntó: “¿Saben ustedes cuál es la diferencia entre adulterio y fornicación?”. Una señora levantó la mano. “Ninguna –respondió con gran firmeza–. Yo he hecho las dos cosas, y se siente exactamente lo mismo”… Un tipo iba corriendo en cueros por la calle. Lo detuvo un policía: “¿Por qué va usted sin ropa?”. Explicó el individuo: “Así nací”… El rano salió de entre las ancas de la rana y exclamó: “¡Mira, es verdad! ¡Saben a pollo!”… FIN.



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