Aplicar la ley

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Por Catón


Noche de bodas. El flamante novio se plantó frente a su mujercita y dejó caer la bata que lo cubría, con lo cual quedó ante ella completamente al natural, quiero decir sin nada encima aparte de unas gotas de Old Spice. La joven esposa apartó al punto la vista. “¡Vida mía! –se consternó el romeo–. ¿Acaso ofendí tu virginal pudor mostrando a tus ojos de doncella mi parte de varón?”. “No –replicó la muchacha–. Lo que pasa es que mi mamá me dijo que ya casada no me fijara en pequeñeces”… En el baile casero un tipo le pidió a una de las chicas: “¿Me concedes esta pieza?”. “Lo siento –negó ella–. No eres mi tipo”. Opuso el sujeto: “Te estoy pidiendo una pieza, no una transfusión de sangre”… La señora le preguntó a su vecina: “¿Por qué le dices a tu marido ‘El Pérsico’?”. Explicó la otra: “Por golfo y por conflictivo”… El arquitecto les presentó a don Chinguetas y a doña Macalota el plano de la residencia que había diseñado para ellos. Lo revisó don Chinguetas y objetó: “No tiene cuarto de juegos. 


¿Dónde voy a meter a mis amigos?”. “Y no tiene clóset –observó doña Macalota–. ¿Dónde meteré yo a los míos?”… Rosilita le dijo a Pepito: “Mi papá es el hombre más guapo y más inteligente del mundo”. “No hables tan fuerte –le aconsejó Pepito–. Puede oírte ese individuo feo y pendejo que vive con ustedes”… A mí me mortificaba mucho ver cómo don Abundio, el del Potrero, corregía a sus hijos. Tenía para ese fin una vara de membrillo colgada de la pared, y cuando alguno de los chiquillos hacía alguna travesura más traviesa que de costumbre la asentaba repetidas veces la tal vara en las asentadoras. Por entonces no había comisiones de derechos humanos ni acusaciones penales a los padres por maltrato infantil, de modo que don Abundio podía emplear sin empacho ese drástico sistema educativo. Yo se lo reprochaba. ¿Por qué les pegaba así a sus hijos? “Licenciado –me respondía–, a estos cabrones la razón les entra solamente por las nalgas”. Contrariamente, López Obrador está convencido de que se puede hacer que los méndigos vándalos bárbaros entren al camino del orden, el respeto a las personas y la evangélica bondad sin más medida que hablar con sus papás y con sus abuelitos. 


Yo, que en ese renglón tiendo un poco al pesimismo, pienso en la ley como en una especie de vara de membrillo que daría mejores resultados que la plática con los abuelos y los padres, que en algunos casos andan quizá en los mismos pasos que sus hijos y sus nietos. Aplíquese la ley a quien cometa algún delito. Efectivamente, hay cabrones a quienes la razón les entra solamente por las nalgas... En la fiesta una madura dama trabó plática con un senescente caballero. “Me llamo Clarabella –le dijo, coqueta– pero llámeme Clara nada más, pues con los años se me acabó lo bella”. Replicó el señor: “Mi nombre es Agapito, pero llámeme solamente Aga. A mí también me ha maltratado mucho el tiempo”… En el corral el perico de la casa se sacudió las plumas y exclamó lleno de enojo: “¿Por qué nadie le ha enseñada a este maldito gallo que no hay gallinas verdes?”… 


El inconsolable viudo gemía en el funeral de su esposa. “¿Qué voy a hacer, Dios mío? ¿Qué voy a hacer?”. El padre Arsilio trató de consolarlo: “Con el tiempo hallarás otra buena mujer y…”. “Sí, padre –admitió el viudo–. Pero yo quiero decir qué voy a hacer hoy en la noche”… La mamá del niño recibió un reporte de la escuela: su hijo nunca hacía la tarea. “¡Ah! –reprendió la señora al muchachillo–. ¡Eres irresponsable y flojo como tu padre!”. “¡Oye! –protestó el esposo–. ¡Yo no soy flojo ni irresponsable!”. Replicó la señora: “Nadie está hablando de ti”… FIN.


Fuente: Vanguardia.

Cordones por la paz
Plaza de almas
San Francisco