Plaza de almas

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Por Catón


A esta mujer le dicen “la mujer”. Con ese nombre eran designadas las comadronas o parteras. Cuando a una señora le llegaba el trance de dar a luz decía: “Llamen a la mujer”. Y todos sabían quién era la mujer cuya presencia demandaba la parturienta. ¿Por qué sabemos que esta mujer era mujer, o sea que era comadrona? Lo sabemos por la uña del dedo pulgar de su mano derecha. Muy larga es esa uña, como de dos pulgadas. La lleva así la mujer, crecida y afilada, porque le sirve para cortar el cordón umbilical de las criaturas. Es como una navaja la tal uña, como un cuchillo que ella lleva consigo a todas partes. Voy a narrar lo que una noche le sucedió a esta mujer, a la mujer. Aquella noche era de tempestad. Los novelistas del siglo 19 –a fines de ese siglo sucede mi relato– describían con perfección las tempestades, ya fueran en mar o en tierra. Yo, lo confieso, no las sé figurar, pues vivo en región de clima bonancible.


Puedo describir mañanas luminosas, tardes serenas, noches de plenilunio –ésas me salen muy bien–, pero tempestades no. Dejo al lector, entonces, la tarea de imaginar los rayos, el fulgor fantasmal de los relámpagos, el silbo del viento desatado, las violentas ráfagas de lluvia. Llega un hombre embozado y llama a la puerta de la casa donde vive, sola, la mujer. Es medianoche. Asoma ella por un ventanuco que da a la calle y pregunta quién es el que la busca. No está asustada: sus servicios son requeridos casi siempre en horas nocturnas o de la madrugada. El hombre no le dice quién es, ni se descubre el rostro. Le ordena sólo que se dé prisa. Con premura se viste la mujer y se echa encima un chal. Sale, y entonces sí se asusta, porque el hombre la toma con violencia y le venda los ojos. Luego la lleva por las calles, arrastrándola casi, sin que ella pueda adivinar por dónde va. 


Han llegado a una casa y han entrado. Ya sin la venda la mujer advierte que se trata de una casa de gente acomodada. Lo puede deducir por la riqueza de los muebles de la alcoba donde está, por el lujo de las cortinas y tapices. En una cama grande yace una joven que pronto dará a luz. Le han cubierto la cara a fin de que la partera no pueda conocerla. El hombre viejo que está a su lado tiene también cubierto el rostro, igual que el criado. Cumple la mujer su oficio. Entre los gritos de dolor de la muchacha nace su hijo. Sucede entonces algo horrible. Apenas nace el niño aquel hombre lo toma en sus manos y lo ahoga. La mujer queda muda de espanto. “Tíralo en el arroyo” –ordena el hombre viejo al criado que fue a traer a la partera–. La madre ha quedado privada de sentido al ver morir a su hijo. El viejo abre un baúl y saca una bolsa con monedas que entrega a la comadrona. 


Sin hablar se pone un dedo sobre los labios en muda señal que indica a la mujer que debe guardar aquel secreto. Toma el dinero la partera. Al hacerlo se da cuenta de que tiene las manos tintas en sangre. No le dan tiempo de lavarse. Regresa el criado, le pone otra vez la venda y la lleva a la calle. ¿De quién es esa casa? piensa la comadrona. ¿Qué muchacha es aquella, y quién el padre que con un crimen quiere ocultar la deshonra de su hija, seguramente seducida por un galán perjuro? Nace una idea en la mente de la mujer. Al salir de la casa finge que ha tropezado y se apoya en la puerta. Luego sigue, obediente, la conducción del criado. De regreso en su casa espera la luz del alba, y sale otra vez. Va por las calles de la ciudad, que duerme todavía. Busca, busca en todas las puertas. Por fin en una ve la marca de sangre que dejó su mano. Aquella casa es la de... FIN.


Fuente: Vanguardia

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