De libros y los creadores

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Por Martha Robles


El puñado de libros y autores decisivos en mi vida nunca ha sido best-seller ni aparece en las listas de “lo que hay que leer antes de morir” y boberas semejantes. Desde que recuerdo, la curiosidad es mi única guía. Solo curiosidad, y la magia que activa “el llamado”; es decir, me he mantenido en alerta al instante en que un nombre, un título, párrafos al azar, un poema, una asociación, el tema o el chispazo piden ser atendidos. Suerte de puzzle del vocabulario esencial, busco la palabra-cifra y la visión del otro para completar mi dibujo interior. Hay quienes saben elegir personas, negocios, trapos, estrellas o vinos; yo me entiendo con los vocablos, las cazuelas, el silencio y algunos animales. Tal peculiaridad es inseparable de la duda de si el hombre es el que se abre al libro o éste responde a la inabarcable ignorancia humana.


Supe desde mis primeras lecturas que para incursionar en el devenir de preguntas tenía que educar la mente, los sentidos, la intuición y la punta de los dedos para ver más allá de lo que se toca y se percibe de golpe. La fidelidad a esta certeza no deja de arrojar recompensas con nuevas incógnitas. El mundo de los libros es diverso y misterioso. Mientras que a unos nos atrae su poderoso magnetismo, otros lo rehúyen por lo que ignoran de él. A diferencia del acto solitario de la escritura, leer solo tiene sentido por la mirada del otro. Nadie puede convencer a nadie de amar los libros porque, como bien lo definiera Borges, “el libro es una extensión de la memoria y la imaginación”. Así que, antes de asombrarnos con la función que realiza y de profesar su culto, debemos valorar el potencial revolucionario de las palabras, tanto orales como escritas.


Veo en la página un quicio por el que se accede al inescrutable sagrario del Verbo. Entonces me dejo llevar por su rítmico ondular de significados. Con suerte me espera el deslumbramiento. Sin tardanza recojo, infiero, interpreto, completo y continúo gozando del surtidor de vocablos. De acuerdo a la tradición rabínica hay un libro eterno, sagrado e inalterable por descifrar; un libro en busca de sí mismo; el Libro detrás del libro, de todos los libros; un libro que es la perfección, la vida misma y el arte por excelencia: de ahí nuestra insaciable búsqueda mediante una sucesión de preguntas que se van complicando y completando ante la imposibilidad de abarcarlo todo y de entender la historia, la propia historia. 


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