Plaza de almas

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Por Catón


En los páramos desérticos del norte hay una hierba llamada malamujer. No puedes tocar sus erizadas hojas, pues te cortan o punzan. Los animales la temen; ni la omnívora cabra voraz se acerca nunca a ella. Has de saber, Armando, que en el último de mis viajes escuché una historia que me recordó a esa hierba. Tu tío Felipe, o sea yo, tiene a veces extraños pensamientos. Últimamente me ha dado por pensar que así como hay una hierba malamujer así también hay mujeres mala hierba. Me resulta difícil decir eso, créeme, pues pertenezco al mester de juglaría y tengo por tanto una elevada idea de la mujer. En eso soy medioeval. O medio tonto, no sé. Pero lo mío es la trova yucateca, no las canciones de arrabal. 


Palmerín y Guty hablaron de la mujer como de un ángel o una diosa. Una criatura celestial, en tanto que otros compositores vieron en ella a un ser terrenal, y aun lodazal: “Hipócrita”, “Perdida”, “Aventurera”... Mala hierba, en fin. No sé por qué, sobrino, en el curso de mis viajes la gente me cuenta tantas cosas. Piensan quizá que no me volverán a ver. O a lo mejor mis canas inspiran confianza como de abuelito. También me han dicho que parezco cura, y hay quienes perciben en mi voz un tono clerical. El caso es que perfectos extraños –y también imperfectos– me cuentan cosas de su vida por propia voluntad, sin yo haberles preguntado nada. En esas ocasiones me entero de sucesos de la vida real –¿acaso hay otra?– que me dejan atónito, asombrado y que sacuden desde los cimientos el ya de por sí vacilante edificio de mis convicciones. Por ejemplo, esta es la historia que contome un día un hombre con el que me topaba por primera vez. Me la contó en el taxi en que me llevó del hotel al aeropuerto. 


Se casó con una muchacha de la que siempre estuvo enamorado, y que siempre le dio a entender que lo quería. Tuvo con ella un niño y una niña. Para ellos el hombre de mi relato trabajaba como esclavo y ahorraba como avaro. Gracias a esos sacrificios logró por fin comprarles una pequeña casa y darles una vida decorosa de acuerdo con su condición social. Todo iba muy bien; al lado de su esposa y sus pequeños hijos la vida de aquel muchacho era un paraíso. Una noche, cuando el feliz mortal llegó de trabajar, su joven esposa le dijo que la niña tenía ganas de una hamburguesa, y le pidió que fuera a traérsela. “Llévate al niño –le dijo–. Está un poco aburrido; le hará bien salir contigo”. Fue el muchacho y compró hamburguesas para todos. Cuando volvió a su casa su esposa ya no estaba. Tampoco estaba su hija. Abreviaré el relato si digo que de eso hace cinco años y nunca ha vuelto a verlas. 


Alguien le contó que su mujer se fue con otro hombre a los Estados Unidos. La madre de la muchacha sabe dónde está, pero no se lo dice. Al niño esa mujer le cuenta que su mamá se fue para ganar mucho dinero y darle luego una vida mejor. Pero el pequeño dice que jamás le perdonará a su madre haberle quitado a su hermanita. “¿Qué harías si regresara tu mamá?” –le pregunta su padre–. Responde el pequeño: “Le escupiría la cara”. El muchacho me dice con voz transida de tristeza: “Menos daño habría hecho mi mujer si se hubiera llevado a los dos niños”. Me atreví a hacerle una profecía: “No te extrañe si el día menos pensado tu esposa regresa a pedirte perdón”. Me contestó: “No quiero ya saber de ella. No quiero ya saber de ninguna mujer. Con ninguna he estado desde el día que me dejó”. Su historia, Armando, me dejó profundamente emocionado, conmovido. Por eso no le pregunté algo que guardo hasta hoy como tremenda duda: ¿ha vuelto a comer hamburguesas?... FIN. 


Fuente: Vanguardia.

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