Constructores y destructores

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Por Catón


Si no te duermes –le advirtió el papá de Pepito al revoltoso crío- vendrá a llevarte el Hombre del Costal”. “¡Éjele! –se burló el chiquillo-. Ése viene solamente cuando tú no estás, y no trae ningún costal”… Don Poseidón le contestó, severo, al mozalbete que le pidió permiso para sostener relaciones de noviazgo con su hija: “Dudo en darle mi respuesta, joven, pues no sé si sus intenciones son buenas o son malas”. Preguntó muy interesado el pretendiente: “¿Significa eso que puedo escoger?”… Lord Feebledick llegó a su finca después de la cacería de la zorra, y el entrar en la alcoba conyugal vio a su mujer, lady Loosebloomers, en trance de refocilación carnal con el nuevo preceptor francés. Antes de que milord pudiera articular palabra le dijo lady Loosebloomers: “He aquí una magnífica oportunidad, Feebledick, para que le demuestres a Monsieur Coucheur tu flema británica y los efectos de la buena educación que recibiste en Eton”… Si de Historia se trata, malo el cuento cuando las ideologías sustituyen a las ideas, y peor las cuentas cuando los adjetivos toman el lugar que únicamente los sustantivos deben ocupar. Eso lleva en el mejor de los casos al ridículo, a que te tilden -también en el mejor de los casos- de tonto. Don Eugenio Garza Sada fue un constructor en un país donde ha habido, y hay todavía, muchos destructores. 


Su vida sigue dando frutos aun después de la muerte, en tanto que la violencia de quienes segaron esa existencia tan fecunda ha quedado reducida a una fecha que cito hoy como efeméride que ya muy pocos habrán de recordar. Sus escasos propagandistas se mantienen atados a un anacronismo que el mundo ha rechazado ya, y aunque por un momento el viento parezca serles favorable sus propios errores acaban por tirarlos: las cosas caen siempre por su propio peso. Los hechos de un hombre como don Eugenio han perdurado; lo sucedido ahora en torno de su persona es anécdota olvidable… Himenia Camafría, madura señorita soltera, fue a comprar un reloj de pedestal. 


El relojero le mostró uno en forma de apolíneo atleta desnudo que en la región de la entrepierna tenía un reloj de cuco. Le dijo: “Pero en vez del pajarito adivine usted qué sale de la casita cuando el reloj da la hora”… Babalucas se quejó con sus amigos: “Mi nueva novia me salió dormilona”. “¿Cómo dormilona?” –se extrañó uno. “Sí –confirmó el turulo-. Todas las noches me pregunta: ‘¿Cuándo nos vamos a acostar?’”… En la habitación número 210 del popular Motel Kamawa tuvo lugar el encuentro de Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, con Dulciflor, joven mujer a quien el torpe galán sedujo con su melosa labia de tenorio. En medio del trance de voluptuosidad la cándida doncella le preguntó a Pitongo: “Pero ¿me amas, Afrodisio?”. 


El lascivo sujeto se irritó: “¿A quién se le ocurre hablar de amor en un momento como éste?”… Pirulina fue a confesarse con el padre Arsilio. Le dijo: “Acúsome, padre, de que anoche follé con mi novio”. Inquirió el buen sacerdote: “¿Cuántas veces?”. “Padre –contestó Pirulina en tono de reproche-, el pecado para usted, la contabilidad para mí”… El señor habló con su hijo adolescente: “Es cierto, Onanito: ese acto es propio de tu edad. Pero no se hace delante de las visitas”… Un tipo le contó a otro: “Anoche vi a tu esposa en una fiesta”. Opuso el otro: “No creo que haya sido mi esposa. Me dijo que iba a visitar a su mamá”. Reiteró el primero: “Estoy absolutamente seguro de que era tu mujer”. “Dime -quiso saber el otro-: “¿qué ropa llevaba?”. “No lo sé -contestó el amigo-. Me salí antes de que los invitados se vistieran”… FIN.


Fuente: Vanguardia.

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