Un texto sagrado

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LIBRO


Por Hernán León  Velasco


El Libro de Libros, más conocido como La Biblia, debería leerse sin prejuicios, sin juzgar si son ciertas o no las historias de este tratado espiritual. 


Lo sano es revisar el texto como quien se tira al río y lo atraviesa a nado, y ya en la orilla advierte la velocidad de la corriente y se da cuenta que logró vencer sus temores en la profundidad del agua. Lo natural sería abrir la primera página como si fuéramos arqueólogos de la ciudad más antigua y llegáramos para conocer los nombres de quienes la habitaron, cómo fueron sus vidas, cuáles fueron sus sueños. 


Llegar a los salmos, quitarles el polvo para luego oler en las páginas, el aroma de los bosques; enumerar las dudas en cada renglón y la grandeza en cada frase. Pasar de un capítulo a otro sin pensar en lo profano o en lo sagrado de la obra. 


Detenerse en las montañas para contemplar desde las alturas cómo desfilan los siglos y con el mayor silencio escuchar cómo susurra la memoria del tiempo. Descifrar lo sagrado sin aspavientos para rescatar los versos, llevarlos a casa y con ellos aprender a pensar como lo hicieron otros en lejanas épocas. Darle un reposo a la obra de nuestro juicio intelectual para quitarle el ruido del dogma que convierte a los elegidos en hombres ciegos. 


Hallar la ciencia en el texto para conocer los secretos de las palabras que vuelve a los profanos en implacables jueces de otras eras. Tomar con calma la cosas para meditar cada párrafo leído y, al final, explicarlo como si fuéramos tan inocentes como los árboles y tan libres como el viento del amanecer. Descubrir la diferencia de cruzar el río sin la atadura de prejuicios vanos y llevar la vestidura de los niños y la sabiduría de los ancianos. 


Desde el principio leer no por la fe, sino por la búsqueda. Quedar ensimismado de los que aman y ofrendan su vida en un respiro, y también quedar sorprendido, de los que sólo por amor se salvan a sí mismos, a pesar de que nunca encuentran a Dios en sus caminos.



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