Plaza de almas

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Por Catón


No hemos bebido ni una sola copa, Armando. Eso nos priva de hablar acerca de los temas que verdaderamente importan: Dios, la vida, la mujer… Otras cuestiones hay igualmente relevantes, pero de menor sustancia, como la amistad, la poesía, el mundo… Más si realmente quieres entrar en el meollo de las cosas tus conversaciones deben girar en torno de uno de aquellos tres misterios: la mujer, la vida, Dios. Mira, sobrino: una de las características de nuestro tiempo es que ha perdido personalidad. Si se pusiera traje éste sería gris. Tomemos como ejemplo uno del que mucho se habla en estos días: el de la violencia armada. La muerte de los violentos se ha vuelto cosa sorda, sórdida. Mueren por docenas, y su muerte es por tanto adocenada. Antes el crimen era individual, no colectivo. 


Rosita Alvírez murió ella sola y su alma, por eso se le pudo hacer una canción donde se dice que “el día que la mataron Rosita estaba de suerte: de tres tiros que le dieron nomás uno era de muerte”. En el pasado las muertes violentas daban lugar a esos cantares de gesta que son los corridos. Un corrido no es poca cosa, Armando. Para merecerlo hay que morir. Morir como Pancho Villa o Benjamín Argumedo, aquél que dijo que quería ser fusilado en público de la gente. El corrido es una consagración. No la otorgan los poderes constituidos: la da el pueblo. Es una forma de inmortalidad. Los personajes que cité murieron, pero no están muertos. Tienen la vida que confieren la música y la letra. Esa eternidad querían para sí los hombres violentos del ayer. Déjame contarte algo que sucedió en un pueblo de la frontera norte. La policía sitió a un delincuente, y el hombre se parapetó tras un muro de adobe. Un disparo lo hizo caer herido de muerte. El capitán de los gendarmes se acercó a rematarlo. 


Desde el suelo, con el último aliento de la vida, le pidió el bandolero: “Jefe: le encargo que me hagan mi corrido”. Lo mismo que el bardo, aquel desaforado no quería morir del todo. Pero advierto, sobrino, que me estoy poniendo melodramático, y el melodrama es una de las peores formas de la cursilería. Para huir de eso te contaré otra anécdota. En cierta ciudad del noreste fronterizo vivía uno de los llamados “corrideros”, músicos especializados en componer corridos por encargo. Escribían también la letra de sus composiciones, y por eso los corrideros corrían con fama de poetas, lo cual les daba un gran prestigio entre sus clientes. Éstos eran generalmente hombres fuera de la ley que con sus fechorías habían labrado fortuna y podían darse el lujo de pagar el alto precio que el compositor cobraba por otorgarles la inmortalidad. Cierto día un hombre acudió al despacho de uno de esos corrideros y le pidió que le hiciera su corrido. “¿Conoce usted el monto de mis honorarios?” –preguntó el músico poeta. 


Respondió el tipo: “Entiendo que cobra usted 30 mil pesos. Estoy dispuesto a pagárselos, y por adelantado”. “Muy bien –dijo el corridero-. Siendo así, procedamos”. Sacó de su cajón una especie de machote o formulario y con un lápiz se dispuso a anotar. “¿Nombre?”. “Pacífico Polleta” –respondió el sujeto. “Apelativo poco apto pa’ corrido –ponderó el compositor-. Pero en fin. ¿Es usted narcotraficante?”. “No”. “¿Contrabandista?”. “No”. “¿Pertenece usted a la Policía Judicial, o practica alguna otra forma de delincuencia organizada?”. “No”. El corridero se preocupó. “Entonces ¿a qué se dedica?”. Declaró el cliente: “Soy comerciante. Tengo una camisería: Casa Polleta”. Al oír eso el corridero rompió la hoja en que había escrito y la tiró a la basura. “Qué corrido ni qué corrido -le dijo al individuo-. Usté no da ni pa’ una pinche cumbia”… FIN.


Fuente: Vanguardia.

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