El peso de la máscara

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Por Alberto Siller


Comúnmente conocemos a las personas sin conocerlas bien, sin probarlas; y si llegamos a probarlas muchas veces es al revés. 


Lo más triste que le puede pasar a cualquiera persona, es no ser quien debería ser. Tomamos poses, posturas y apostolados que no son para nosotros, que no nos corresponden. 


Cargamos apariencias de ricos, de muy felices, de víctimas con máscaras de mucho drama. Decimos ser muy valientes, cuando la realidad es que el miedo nos hincha. 


Nos hacemos pasar por honestos, cuando en verdad, seguimos dando de desayunar a nuestros demonios. La esencia de cada persona, no deberia de ser muy diferente con respecto a la de cualquier persona que está a un lado. 


Las palabras cuando chupan de la verdad, siempre tienen sabor a humildad, y la humildad no es ser menos o tener poco, sino ser lo que debe ser y la trae todo aquel que la busca. Cada palabra escrita o hablada que venga de ahí, se siente tan dulce como un buen beso, vibra tanto como lo erótico a diferencia de lo pornográfico. 


Tan malo es adueñarse de un papel que no le corresponde a uno, aunque éste vaya cargado de glamour y éxitos, como es igual de perjudicial permitir que alguien calumnie con respecto a lo que uno no es. En una gran mayoría de casos, cuando se vive en lo espontaneo, en dejarse llevar por una sincronicidad no planeada, suceden eventos magicos; se conocen personas muy interesantes. Para que se dé eso, necesariamente se tiene que cesar de vivir haciendo planes de todo. Permitir que lo providencial de la vida, sea quien vaya remando esa balsa. 


Como todo en la vida, el equilibrio de las cosas es lo importante. Hay personas tan muertas que no se han dado cuenta que deambulan sin darse cuenta que murieron hace mucho tiempo. Se ahogaron en un océano de cosas pasadas, de riquezas de ancestros, de abolengos y disfraces. Lo único a lo que eso lleva y arrastra, es a una dimensión donde nadie habita, mas que ellos mismos. solos y en un manicomio sin muros. 



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