Hambrientos y enfermos: así viven migrantes detenidos en Texas

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ESTADOS UNIDOS.


Desde que la Patrulla Fronteriza abrió su estación en Clint, Texas, en 2013, se convirtió en un elemento esencial de esta ciudad agrícola del oeste de Texas. Separada de los campos de algodón y los pastizales de ganado por una cerca de alambre de púas, la estación se estableció en la carretera principal de la ciudad, cerca de una tienda de alimento para ganado, la Iglesia Apostólica Buenas Noticias y la tortillería La Indita. La mayor parte de la gente de Clint sabía muy poco sobre lo que ocurría adentro. Los agentes iban y venían en camionetas; los autobuses se estacionaban cerca de los portones, a veces llenos de niños capturados en la frontera, 6 kilómetros al sur.


Sin embargo, dentro de las instalaciones que ahora están en la primera línea de la crisis de la frontera suroeste de Estados Unidos, los hombres y las mujeres que trabajan ahí estaban lidiando con una pesadilla.

Brotes de piojos, herpes y varicela se esparcían entre los cientos de niños que estaban detenidos en celdas estrechas, dijeron los agentes. El hedor de la ropa sucia de los niños era tan fuerte que impregnó la ropa de los agentes —la gente de la ciudad se tapaba la nariz cuando se los encontraban—. Los niños lloraban constantemente. Parecía tan probable que una niña se suicidara que los agentes la obligaron a dormir en un catre frente a ellos para que pudieran verla mientras procesaban a los recién llegados.


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