Hoy en día casi nadie le da importancia a la soledad

|

Por Hernán León Velasco


Estar solo se asocia por lo general con la tristeza y se percibe como el destino indeseable y desafortunado de algunos que orbitan perdidos más allá de la línea tranquilizadora de la normalidad. 


En su sentido más concreto, la soledad es un sentimiento que atribuimos a otros, y es el fantasma del cual “escapamos” para defendernos en las relaciones sociales, a veces sin reflexionar sobre la calidad de dichas relaciones. 


Quien justifica su condición de aislamiento es porque vive a su manera el furtivo paso del tiempo y profetiza que todos estamos solos, que la multitud está sola. 


En la actualidad el mejor amigo es el celular: se conversa por mensajería. Se vive en una especie de autismo provocado por la tecnología. Buscan con obstinación la última ficción de largometraje. Es una cuestión de vida o muerte si no pueden disfrutar alguna fantasía. 


Les atraen las noticias de la caída de un avión, el naufragio de un barco o un atentado en el Medio Oriente. Hay otro tipo de soledad que les toca vivir cuando son rechazados por el grupo, porque son personas que “están en contra de todo y en favor de nada”. 


Pese a toda soledad que sufren, se tragan el cuento de que “todos” estamos solos, y por ello buscan alternativas para mantenerse lejos, en lugar de llevarse bien con los demás. De pronto, un cataclismo inesperado los hace detenerse por un instante, y empiezan por conquistar los sueños: recuerdan que alguna vez fueron felices hasta cuando salían a caminar con el perro. 


Advierten que es mejor estrechar una mano, decir: "lo siento" y hablar de frente, aunque les cause de vez en vez un poco de dolor. 


La soledad los quería con un corazón de plástico. Sustituían a las personas por las cosas. Ahora su voz interior les dice que es saludable compartir un momento con los amigos para renovar la amistad de otras épocas. Reconocen que el destino no se equivoca. 


Es simple: un día apagaron el celular por un momento, dejaron las cosas triviales y se encontraron con la existencia de mejores motivos esperándolos.


Se dieron cuenta que en la vida se deben levantar el rostro para hallar otro destino; que todo puede ser en quienes apuestan a la sensación indescriptible de explorar lo nuevo, y que no relacionarse con los demás es como no estar en este mundo, y hoy están a tiempo para redescubrir la realidad y hacer un cambio apasionante a su propia historia . .

Los hombres ordinarios
Lo que aprendí de doña Maclovia
¿Por qué nos reímos?
En cuanto me levanto
No tengas prisa de nada
Leo a la velocidad de lo que me dicen las palabras
Terapia del llanto