La mujer que nunca existió

|

Por Hernán León Velasco


Farid tenía nombre libanés, pero era mexicano (más mexicano que las pirámides de Teotihuacan). Su nombre significa “único, sin par”, y eso coincidía con su manera de ser. Era distinto a los demás por su singular alegría, que se reveló en su rostro desde que había salido del vientre de su madre doña Amira. 


Él había visto cambiar el siglo, pues nació a finales del siglo XIX, en el poblado “La Sombra” y tuvo suerte cuando lo “jalaron” a la Revolución, pues sobrevivió a los balazos de aquellas luchas que iniciaron en 1910. 


Los recuerdos lo mantuvieron más vivo que nunca, porque siempre comentaba: “tantas veces estuve cerca de la muerte, que ahora estar vivo ya es ganancia”. Por desgracia no tuvo la oportunidad de asistir a la escuela para aprender a leer y escribir. Cuando tenía 10 años, su madre, doña Amira Sánchez, quedó viuda. 


Nunca conoció a su padre, por lo que solo llevaba el apellido Sánchez, por eso, con orgullo, reconocía: “soy un Sánchez ¿y qué?" Y se reía. A pesar de tantas orfandades, Farid era Farid. Inigualable. Se llevaba con todos y era dueño de una parcela donde laboraba todos los días, y si le preguntaban por qué no descansaba ni el domingo, él respondía: “lo peor que existe en la vida es no trabajar en nada”. 


Meses atrás su mamá enfermó de gravedad, por lo que con frecuencia le decía a su tía Eduviges que hiciera el favor de tramitar el acta de nacimiento de su hermana Amira, pero su tía replicaba: “no te preocupes, mi hermana se recuperará, ella misma hará el trámite”. 


No contaban con que doña Amira moriría el lunes 2 de diciembre, a las tres de la mañana, y no podrían enterrarla si carecía de acta de nacimiento, por lo que de nueva cuenta acudió con su tía Eduviges y le suplicó: “Tía, ahora sí, necesito con urgencia que vaya en nombre de mi mamá al poblado de Palestina, donde ella nació, para sacar el acta. 


Usted se parece a ella, no habrá problemas. Yo la acompaño”. Doña Eduviges contestó: “Claro hijo, vámonos en mula, en burro, o como sea, y traeremos la mentada acta de nacimiento de allá de Palestina”. Las que pusieron su mayor esfuerzo fueron las mulas que tomaron Farid y su tía, porque iban entre cerro y cerro. Era un subir y bajar interminable hasta que llegaron a su destino a las tres en punto de la tarde, y apenas les dieron el documento regresaron de inmediato al poblado de “La Sombra”. 


En tanto, el juez Hilario estaba aguardando el acta de nacimiento para redactar el de defunción. Pero, cuando tuvo a la vista el documento, advirtió de inmediato que representaba un trabalenguas, pues doña Amira falleció el dos de diciembre, y el juez de Palestina, anotó la siguiente redacción: "El que suscribe, juez de la ciudad de Palestina, el día lunes tres de diciembre a las tres de la tarde se presentó la señora Amira Sánchez, quien hace 70 años nació como una ‘niña viva’. Hoy se presenta porque al parecer morirá o dicen que ya murió a las tres de la mañana de no sé qué día. 


Lo anterior lo dejamos asentado en el presente documento, porque aquí, en este pueblo, el tiempo es relativo y entendemos que se nace o se muere cuando cada quien se le da la gana. Para dar fe, yo el juez firmo al calce". Farid tragó saliva, y el magistrado de “La Sombra”, al observar el grave error de su colega de Palestina, le indicó: “no te preocupes Farid, si quieres continuamos la secuencia ‘del burro’ del Juez de Palestina, y doy fe en el acta de defunción de tu mamá, donde diga que no ha muerto y no morirá hasta que se le dé también su regalada gana. 


Así, cuando haya una revisión de actas no habrá contradicción, ni delito qué perseguir. Doña Eduviges, agregó: “gracias, señor juez. Sabe usted, yo soy la culpable, porque no le dije a mi hermana que sacara su acta de nacimiento, ni tampoco la de su muerte, que usted llama acta de defunción". 


A esa hora, todo el pueblo de “La Sombra” ya estaba a punto de salir con la procesión para llevar a doña Amira a su última morada y el pobre Farid, agotado de tanto correr en la mula, triste y ante tantas sorpresas, no sabía si llorar o maldecir al juez de Palestina, o bien agradecer a la multitud que lo acompañaba para el último adiós de su señora madre, en ese trágico mes de diciembre de 1920. Ante esta tribulación, y como buen frailescano, Farid exclamó: "¡cómo serámo de inútil!". (Doña Eduviges supo que le tocaba una parte de esa frase, por lo que guardó silencio y entendió la expresión diplomática del buen Farid). 


Fue tan legendaria la frase, que en aquel pueblo, a partir de ese año, si había sospecha de más de un culpable de alguna situación, antes de comenzar una asamblea y para vivir en santa paz, se decía: “¡cómo serámo de inútil!”, y en ese momento se convertía en una especie de mantra de salvación, donde todos se repartían la culpa de cualquier desdicha que, desde entonces, pudiera ser fatal.

Platícame un árbol
Calma Coita
La Falda es una señal
El árbol Lluvia de oro
Hoy es el día esperado para andar con libertad
Es lunes
​Ayer llovió y eso trajo la frescura de este día
La disculpa fallida
Chiapas, botín de la Federación