Barbas

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EN BREVE

Por James R. Portoraro


Durante los primeros trescientos años del cristianismo, se representó a Dios como un joven radiante. Si nos fijamos en las esculturas, los frescos y los mosaicos, ni Jesucristo ni los apóstoles llevan barba. Y es normal que sea así.


Cuando el cristianismo dejó de ser perseguido y, eventualmente, se convirtió en la religión oficial del imperio romano, fue entendible que los hombres más importantes a representarse se pareciesen a los hombres más importantes de la vida diaria. 


Así el pueblo analfabeta entiende la cosas. Jesucristo y los apóstoles aparecieron lampiños vistiendo Jesucristo la toga imperial y los apóstoles la toga de los senadores. El Dios de los cristianos es, artísticamente hablando, un continuador de Apolo o de Hércules. Bellos, jóvenes, viriles, todopoderosos. Nunca crucificados.


Con el tiempo entró en acción el culto mariano. Un Cristo barbudo es mucho más masculino, independiente y mandamás cuando está al lado de su madre. Todo los pintores de la historia les quitaron las navajas de afeitar.


Las excepciones notables son Miguel Ángel en su visión de Dios Juez Todopoderoso en el Juicio Final de la Capilla Sixtina. Y Salvador Dalí que mandó al grupo entero al barbero antes de sentarse en su Última Cena. Faltaría más sentarse a cenar con esos pelos.

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