La renuncia de Romo (2ª parte)

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Por Raymundo Riva Palacio


Alfonso Romo, jefe de la Oficina de la Presidencia, realizó una operación de control de daños urgente en medios electrónicos. Le urgía, después de que terminó la conferencia de prensa matutina del presidente López Obrador, desmentir que había presentado su renuncia al cargo –que no le aceptaron–, como se apuntó en esta columna. Inició la operación mediática en el programa de Ciro Gómez Leyva, en Radio Fórmula, donde dijo además que el Presidente no lo ha maltratado, que está trabajando mucho y que de haber presentado la renuncia el pasado 2 de mayo, la habría sostenido. 


Su equipo fue pidiendo espacio en los programas de radio matinales y en los vespertinos para repetir el argumento e impedir que la especie sobre su renuncia creciera. Romo hizo lo que políticamente debía hacer para evitar, precisamente, infligir el daño al Presidente que habría causado su renuncia. Si no fue irrevocable y aceptó la negativa del Presidente a aceptarla, también tuvo que asumir el costo de dar la cara y decir cosas que, fuera del escrutinio público es totalmente contrario a lo declarado, su inconformidad por el poco espacio que tiene para incidir e influir en Palacio Nacional. 


Romo, incluso, no cuenta con una oficina cercana al Presidente, sino despacha en el edificio inteligente que se construyó en Los Pinos durante el gobierno de Felipe Calderón, a nueve kilómetros en línea recta de Palacio Nacional, lo que lo hace el primer jefe de Oficina de la Presidencia que despacha lejos del Presidente, y el primero cuyo peso político dentro del gabinete y el gobierno es prácticamente nulo. Como anécdota de fondo y forma, está tan alejado del imaginario del entorno presidencial, que en la Feria Aeroespacial en Santa Lucía en abril, se les olvidó reservarle una silla en el presídium.


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