Ciudad segura

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Por Catón


Una sexoservidora le aconsejó a su compañera “No vayas al cuarto con ese tipo que acaba de entrar. Pide cosas muy feas”. “¿Como qué? -preguntó la otra al tiempo que imaginaba las peores perversiones. Respondió la amiga: “Como que le fies”… Don Añilio, señor de edad madura, cortejaba discretamente a Himenia Camafría, madura señorita soltera. El senil caballero había hecho construir en su jardín un pequeño kiosco, y una tarde le propuso a su dulcinea, galante: “Querida amiga, vayamos a mi casa.


Ahí le enseñaré mi pérgola”. “¡Señor mío! –contestó indignada la señorita Himenia-. ¡Por ningún motivo le admito esa clase de groserías!”... “¡Cómo han cambiado los tiempos! –suspiró llena de nostalgia la abuelita-. En mi época las mujeres nos íbamos a la cama cuando muy tarde a las 9 de la noche”. Replicó su joven nieta: “Yo me voy a la cama a las 8”. “¿De veras?” –se sorprendió la abuela. “Sí –confirmó la muchacha-. 


Así puedo estar de regreso en mi casa antes de las 10”… Un tipo les contó a sus amigos en el bar: “Mi mujer tiene un reloj en las pompas”. Preguntó uno de los amigos, extrañado: “¿Cómo es eso?”. Explicó el sujeto “Anoche le agarré una nalga en la cama y me dijo: ‘¡No manches! ¡Son las 3 de la mañana!’”… 


A más de sus famosos sarapes y su sabrosísimo pan de pulque; a más de sus prestigiadas instituciones educativas y sus bien ganados timbres culturales; a más de sus miríficas aguas, capaces de reanimar al más desanimado varón y de ponerlo en aptitud de izar de nuevo el lábaro de su varonía, Saltillo tiene otro motivo de orgullo: es una ciudad segura cuyos habitantes nos sentimos bien cuidados y protegidos en nuestra vida cotidiana. Hace un par de semanas se suscitó un hecho violento en una colonia popular.


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