Cenotafio

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Por Catón


Estoy engañando a mi esposa”. Eso les contó don Astasio a sus amigos, que lo escucharon llenos de sorpresa. “¿Cómo es posible?” –exclamó el más exclamativo–. “Sí –confirmó don Astasio–. Tiene un amante, y le he hecho creer que no sé nada”… Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le hizo una proposición indecorosa a doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad. “Se equivoca usted, señor mío –replicó ella indignada–. No soy una mujer pública”. 


“Ya lo sé –admitió Pitongo–. Le ofrezco absoluta privacidad”… Dos individuos, casado uno, soltero el otro, discutían en forma acalorada acerca de sus respectivas habilidades amatorias. Aquél se jactaba de haber puesto en práctica exhaustivamente tanto el Kama Sutra como el Ananga Ranga. El soltero, por su parte, se decía nutrido en las modernas técnicas recomendadas por Alex Comfort y Dan Savage. El casado afirmaba que cuando terminaba de hacerle el amor a su mujer la imagen de San Pedro que tenía sobre la cabecera de la cama cobraba vida y le aplaudía con admiración. 


El soltero, por su parte, aseguraba que viéndolo tener sexo con alguna de sus amiguitas los 12 apóstoles de una estampa que tenía frente al lecho le hacían la ola entusiasmadamente. Después de mucho argumentar el soltero puso fin al debate. “No discutamos más –le dijo al casado–. Vamos con tu esposa y que ella decida”… Simpliciano, joven varón sin ciencia de la vida, casó con Pirulina, muchacha sabidora. Al regreso del viaje nupcial la flamante desposada le dijo a su ingenuo maridito: “¡Qué potente eres, Simpliciano! ¡Apenas acabamos de regresar de la luna de miel y ya tengo tres meses de embarazo!”… En la casa de mala nota un individuo contrató los servicios de una sexoservidora. Le advirtió: “Pero quiero que me lo hagas como me lo hace mi esposa”.


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