De ficción verdadera

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Por Martha Robles


Cuando era niña creía que el Quijote era una historia de verdad. Cercada por hábitos, tocas, cofias y un lenguaje que caía como plomo, no había más lecturas que las biografías de santos. Estaban escogidas por sabe dios qué cura o monja para no despertar mi sexualidad ni “llenar mi cabeza de ideas”: el mayor de los peligros. Dar con Andersen, con Las mil y una noches y sobre todo con Cervantes fue una maravillosa casualidad, como casi todo lo importante en nuestras vidas.


Jamás supe de alguien que hablara de él, salvo que “Cervantes” era un colegio de niños regentado quizá por jesuitas en mi Guadalajara natal. Ni por asomo las mujeres, tuteladas por monjas que enseñaban todo lo que había que saber sobre el pecado, accedíamos a los códigos cifrados de la literatura. Curiosa de las diferencias entre los privilegiados alumnos del Cervantes y nosotras, muchos años después me di cuenta de que a ellos tampoco les hicieron probar la pasión por las letras. Hasta donde tuve noticia ninguno de esos coetáneos se aventuró con los clásicos ni llevaron en el gesto la señal de las dudas. 


La evidencia del “día después” me confirmó que la huella escolar, como el destino, es básicamente individual. Cada uno tomó su rumbo y sus contenidos, a pesar de que los empeñosos siervos del Señor se hubieran aplicado a moldear cristianos a imagen y semejanza de seres imprecisos, aunque revestidos de san Francisco, santa Clara, san Vicente de Paul, Ignacio de Loyola o de cualquier otro bienaventurado de tierras, temores y tiempos lejanos.


En realidad, durante mi infancia nadie habló de autores ni de libros. Conocido en fragmentos, el Quijote fue el aire fresco que me impidió desistir de leer, pues los santos me parecían anodinos y en mayoría enojosos y evitables sus sufrimientos. Que a unos los arrojaran a los leones por defender su fe, a otros a calderos, a mazmorras o a cuartos de tortura bendecidos por la Inquisición no me hizo más creyente ni mejoró mi escepticismo. 


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