Lo sagrado y las urbes

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Por Martha Robles


El férreo deseo de durar fue el adobe primero de toda ciudad que se pretendió grandiosa y monumental. Del apetito de eternidad surgieron fortalezas, palacios, templos, teatros, plazas y espacios dedicados a satisfacer las mayores inclinaciones humanas: un misterioso apego a lo sagrado y la necesidad de vivir en comunidad. Si protegerse y ordenar la vida en común inspiraron las estructuras urbanas, la diversidad del trabajo no tardó en reflejarse en el desarrollo de las culturas. 


Ciudad y cultura crecieron como vasos comunicantes entre creencias y modos de ser, dominar, entender y estar en el mundo. En la actualidad, en cambio, la desaparición de tales vínculos redunda en una tremenda desintegración social que, lejos de facilitar la convivencia en metrópolis superpobladas, agrava el caos que degrada el concepto de la vida, de lo sagrado y del hombre.


Hay que voltear al pasado para confirmar que entre la necesidad de honrar a los dioses y deificase el hombre mismo, ocurrió un salto abismal hasta la modernidad. Éste fue especialmente dramático en la evolución de los espacios públicos y privados porque se perdieron los referentes que los significaban. Y sin significantes no hay significados. En la actualidad robotización y consumismo dieron al traste con la otrora idea de durar.


En vez de nuestra fórmula de cabal superficialidad: “úselo y tírelo” o “no lo use, pero tírelo”, para los remotos abuelos el pensamiento mítico y la subsecuente espiritualidad abarcaban la totalidad de sus vidas. Bloque inamovible durante milenios, la religiosidad se plasmaba en símbolos y piedras. También homologaba aspiraciones y creencias al grado de oponerse a lo distinto, como ocurriría en Egipto y mucho después, en la Mesoamérica prehispánica.


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