Domingo de mercado

|

EN BREVE

Por James R. Portoraro


Una de las experiencias semanales más agradables es escaparse un domingo del caos de Tuxtla Gutiérrez. Famoso ya por sus viveros, Berriozábal se llena de gente comprando todo tipo de plantas y de flores, amén de comida típica, ámbar, miel, ropa, libros, vejestorios y juguetes.


El parque se llena de boleadores de zapatos, venta de cacharros de barro sin pintar y galletas naturales de semillas y miel. Muchas veces canta un hombre que toca música andina; da la impresión de ser un hippie que se quedó congelado en el tiempo. Pasa el hombre con su rascacielos de sombreros, su amigo que vende cinturones. 


Grita el hombre del agua de coco; al lado apilan jabones de ingredientes naturales.


Durante mucho tiempo estuvo la mitad de la calzada frente al mercado cerrada al tráfico. Se llenó de puestos de rambután, de platos de loza pintada, de mariscos y piñas peladas y aguacates y ristras de ajos y huevos de dos yemas. 


A inicios de febrero, alguien tuvo la mala idea de quitar a todos estos vendedores y autorizar el tráfico vehicular con sus ruidos, cláxon y tufos en medio de la algarabía del mercado dominical. Tuxtla se nos vino a Berriozábal.

Maratón
El nacimiento de Italia
Comunicación
Normas de teatro
​ Café
La Edad Media