De mis diarios. La maldición de la culebra

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Por Martha Robles


Echeverría se marchaba entre burlas. El rey criollo esgrimía el cetro de la virtud. Los elogios iluminaban el firmamento: que su discurso inaugural sería una obra maestra de la oratoria política; que su sexenio marcaría un antes y un después; que si por fin el milagro esperado, que si ya era hora… El publicitado retorno de Quetzalcóatl auguraba un nuevo Sol, otra gavilla de años.


La profusa propaganda electoral, intacta tiempo después de las elecciones, se centraba en un sonriente exsecretario de Hacienda, criollo medio calvo y con largas y feísimas patillas. Seducía a las mujeres “por guapo” y a los hombres, “por su talento”. Aunque votaron por él, los clasemedieros comentaban con desconfianza “la foto de familia”: “un matriarcado”, advertía él mismo quizá para curarse en salud, pues sin tardanza comenzarían a divulgarse chismes, caprichos y desaguizados.



La profusión de “amigos” y perros fieles en pos de “hueso” era imparable. Los “hombres del sistema” pretendían colarse en segundos o terceros niveles, porque lo mero principal ya estaba bien atado a pesar de que, como se vería al tiempo, no distribuido con inteligencia. Los ungidos debían sortear el yugo de una tremenda deuda exterior. Que López Portillo formó un gabinete de lujo para subsanar la ruinosa herencia del echeverrismo, escribían los “cráneos privilegiados”. Y ellos, flamantes elegidos, caminaban adueñados de la redención anhelada. Se respiraba la enfermedad del futuro. 


Los enterados aseguraban también que, desde López Mateos, la burocracia carecía de grandes figuras. “Gracias a Dios”, todo indicaba que don José y sus hombres llegaban con la fortuna en la frente. Y si: a la voz de que no hay buen gobernante sin suerte, el sexenio se bautizaba con promisorios hallazgos petroleros, “que en breve darían sus primeros frutos”. Ni qué decir del giro benéfico con los vecinos del Norte, después de los agitados tirones de Washington. En suma, los dioses nos sonreían. 


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