​Los recuerdos sirven para ilustrar la memoria

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Por Julio Serrano Castillejos


El comentario político no da para escribir todos los días y hoy he creído prudente traer a la memoria algunos gratos recuerdos para ponerlos a consideración de los lectores. 


Dicen que para titularse de hombre es necesario sembrar un árbol, tener un hijo, escribir un libro y construir una casa. Las tres primeras condiciones fueron cumplidas satisfactoriamente y como me faltaba la cuarta fui a ver a sus oficinas a mi padre, pues me ofreció coadyuvar en dicha construcción, apenas obtuviese mi título profesional, lo que hice mucho antes de solicitarle el cumplimiento del referido compromiso. Pero como la suerte me fue adversa al quedarse mi papá sin empleo, le pedí a mi cuñado Oscar Castañón me echase la mano dándome ideas para adquirir una casa, así fuese de interés social, para sacudirme el pesado compromiso de pagar una renta cada treinta días y no volver a verle la trilla ni a un quinto de ese dinero. 


El citado hermano de mi esposa estaba iniciando sus experiencias como constructor y fue cuando en sociedad con el arquitecto Antonio Vilchis fundó una empresa a la cual bautizaron con el nombre de origen náhuatl: “Calpan”, que es el vocablo para decir casa en el idioma de nuestros antepasados aztecas. 


Me entusiasmó con la idea de adquirir un terreno, pues según sus investigaciones, las instituciones bancarias para concederme un préstamo hipotecario me exigirían ser dueño de una propiedad raíz, y con la compra de 200 metros cuadrados en Lomas de Axomiatla pasé a ser sujeto de crédito. 


En las oficinas de don Ausencio Lomelí de la Avenida Chapultepec firmé 84 letras de cambio de mil quinientos pesos cada una, previa entrega de un enganche de doce mil quinientos pesos, equivalentes a mil dólares de aquellos felices días en que mi juventud me permitió echarme encima ese compromiso económico y otros más, pues Oscar aprovechando su amistad con Ignacio Castilla, alto funcionario del Banco de Comercio, me gestionó exitosamente un préstamo de 250 mil pesos. 


Al recibir esta cantidad me descontaron 10 mil “por apertura de crédito”, lo que me pareció un verdadero atraco, pero ni chistar era bueno para contar con fondos suficientes y levantar con ellos la edificación. El Banco no soltaría un peso mientras no viesen sus representantes la primera etapa de la construcción. Teníamos el proyecto arquitectónico realizado por la novia de Oscar, María del Carmen Pariente Minero, los cálculos para la obra civil, los planos hidráulicos, los eléctricos y hasta un velador, pero no teníamos dinero para cubrir la citada primera etapa. 


Toño Vilchis, distrajo 50 mil pesos de unos ahorros de su mamá y gracias a ello pudimos iniciar a manera de tener derecho a la primera estimación de obra, realizada por mi acreedor, y posteriormente a la entrega de dinero contante y sonante. 


Mi primo hermano Víctor Manuel Castillo Serrano intervino como ingeniero civil en el acondicionamiento del fraccionamiento Lomas de Axomiatla y me advirtió que algunas de sus zonas eran de relleno. Esa circunstancia nos obligó a escoger un terreno firme, en la cabecera del parque público a media cuadra de la avenida principal, en desnivel, en la calle Cerrada de Agamenón, con orientación sur la parte frontal. 


Ahí edifiqué la primera casa propia para mi familia -por ese entonces de cinco personas- en cuatro medios niveles y con tres climas muy marcados: el de la planta baja sumamente frío, el de los dos niveles de en medio de características agradables y el del nivel más alto, propiamente un invernadero. Mis compañeros de trabajo de la Gerencia de Asuntos Jurídicos de Pemex al saber que pagaría cinco mil pesos mensuales para cubrir la doble hipoteca de mi casa, me calificaron de loco al suponer me sobrarían mil pesos para mis necesidades restantes, pero con mi empleo de proyectista de dictámenes de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes pude “sacar al buey de la barranca”. 


Mis ingresos de catedrático universitario los doné íntegros para becas de estudiantes de escasos recursos, según consta en los archivos respectivos. Fuimos los séptimos colonos de Axomiatla, allá en la parte sur poniente de la ciudad de México en las cercanías del Desierto de los Leones. En la casa vecina se instaló un jardín de niños del sistema Montesori y ahí citaban a reuniones para organizar nuestra asociación de colonos, aproximadamente cuando éramos cien familias. 


En las referidas reuniones les hice notar la necesidad de integrar una asociación civil previa elaboración de los estatutos para ir después ante un notario público y solicitar la inscripción en su protocolo, de los mismos, independientemente a cubrir los trámites de ley. 


De todos los colonos nada más yo tenía cierta idea de cómo proceder para atender nuestras principales necesidades, pues mi profesión de abogado me colocaba en esa posición. Cuando se votó para elegir a los miembros de la mesa directiva de la Asociación de Colonos de Lomas Axomiatla, A. C., me nombraron presidente por unanimidad, de manera honorífica y con más obligaciones de las que suelen tener los empleos remunerados. 


Hubo domingos que me despertaron a las ocho de la mañana, mis vecinos, para tratarme asuntos francamente domésticos. En una ocasión le comenté dicha circunstancia al doctor y poeta Enoch Cancino Casahonda, contestándome que en los pueblos chicos el presidente municipal debe atender además de los asuntos públicos, también los privados, fungiendo a veces como consejero matrimonial y como receptor de confesiones, casi como si fuese el cura del pueblo y además una especie de psicólogo profesional. Mi fraccionamiento era un pueblo muy chico y por conveniencia de la comunidad yo era el “presidente municipal”. 


Una señora me pidió un día amonestase a su sirvienta pues “andaba de coqueta y resbalosa con los albañiles de las obras de la colonia”. Un norteamericano (gringo para ser más claro) de mi propia calle me solicitó le diese garantías de seguridad a él y a sus pertenencias, como si fuese yo el Procurador General de la República. Para reunir el dinero de las cuotas mensuales debía ir de casa en casa. 


Recibir cincuenta pesos de la cuota respectiva implicaba escuchar quince o más minutos de quejas: que si el camión recolector de basura no pasa todos los días, que el velador fulano estaba durmiendo en horas de trabajo, que la señora perengana se negaba a pagar la cuota de vigilancia porque le entraron a robar, etcétera. Algunas personas me hacían esperar quince o veinte minutos para pagar la cuota mensual, pues se estaban bañando o tenían una “importante” llamada telefónica. Era condición sine quanon tener vocación de servicio para aceptar pasar gratuitamente por tantas molestias. 


En cierta ocasión me visitaron tres vecinos para pedirme gestionase la clausura de un toreo clandestino ubicado en la última calle del fraccionamiento. Así se le llama a los negocios ilegales de venta de pulque. Bueno, hasta el padre Roberto Ugalde, encargado de la improvisada capilla de Axomiatla, nos fue a buscar en una ocasión para que lo invitásemos a comer todos los días por espacio de una semana, pues la señora que lo atendía iba a salir fuera de la ciudad a gestionar un asunto familiar. 


En pago por el favor nos bendijo la casa. Este sacerdote, originario del estado de Querétaro obtuvo de la familia Lomelí la donación de un terreno y con las limosnas y donativos recibidos por él, construyó una parroquia en nuestro fraccionamiento. Ese fue su legado a la feligresía de tan singular colonia urbana, del risueño valle en las cercanías de Villa Verdún.

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