La generación perdida de la UNAM

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La generación perdida de la UNAM

Por Julio Serrano Castillejos


Fui alumno de la Universidad Nacional Autónoma de México a partir de mis estudios como integrante de la Escuela Nacional Preparatoria dependiente de esa famosa institución en donde se aglutinan las más tradicionales carreras y otras de nuevo cuño y puedo afirmar sin temor a equivocarme que el sistema político mexicano de ese entonces, o sea, de mediados del siglo XX, manejado por los jerarcas del Partido Revolucionario Institucional echó a perder lo que pudo ser una brillante generación de mexicanos, encasillándolos en un estilo político de corrupción al cual ingresaron encantados de la vida pues vieron en los métodos políticos de ese entonces estilos fáciles para arribar al poder y de esa misma forma acumular influencias y riquezas. 


No quiero dar nombre de los muchos jóvenes mexicanos que conocí y que entraron al pudridero de la política nacional por dos razones. Una, porque no es mi propósito colocar a personas en la picota del ridículo, muchos de ellos mis ex compañeros de estudios. 


Dos, porque entre ellos tengo a muchos ex compañeros de estudios y si se ven retratados en estas líneas, los que no han muerto, me van a retirar su amistad y los familiares de los ya fallecidos dirán, y tal vez con justa razón, “este pelado ni a los muertos perdona”. 


Los políticos de viejo cuño se especializaron en echar a perder a los de la nueva hornada, muchachos la mayoría de sano espíritu pero con las debilidades propias de la falta de experiencia. Hubo entre mis amigos uno de origen hidalguense, hijo de caciques de la zona pulquera, que se inscribió en la carrera de Leyes y no pagó una sola materia, se le pegó como lapa a Alfonso Martínez Domínguez político de Monterrey líder de la CNOP, con más mañas de las que pueda suponer cualquier lector; el joven obtuvo su título colorado no sé valiéndose de qué artes y el de Nuevo León lo hizo senador y diputado varias veces. 


Otro, de carácter agradable, bueno para la charla y muy simpático que en su vida pisó un surco lo entronizó Luis Echeverría Álvarez, muy dado a impulsar a la llamada “efebocracia”, a los altos círculos de la “grilla” nacional nada menos que en calidad de Secretario General de la Confederación Nacional Campesina y según chismes que por ahí escuché, cuando iba a volar en su avión privado, se le acercaron unos campesinos a obsequiarle una sandía y en pleno vuelo la nave explotó con todo y sandía. 


Uno más, de cuyo nombre prefiero no acordarme, se fue a Francia cuando cursaba apenas el segundo año de la carrera de Derecho, supuestamente a estudiar a la Sorbona de París, aprendió el idioma de aquellos rumbos, no obtuvo grado académico alguno ni allá ni aquí, pero se hizo muy amigo de un Secretario de Estado, de apellidos Morones Prieto, y muy entregado a las marrullerías y dipsómano de tiempo completo es desde hace 54 años un chupa sangre del presupuesto nacional y ya militó en cuatro distintos partidos políticos. 


Estos son apenas tres casos de los cientos o miles atribuidos al partido tricolor en su larga historia de corruptelas, pero el PRI involucró a los jóvenes universitarios en sus malas artes y de lo que pudo ser una generación de hombres de bien, hizo a aprendices de toda clase de trucos para arribar al poder embarazando urnas electorales, inventando trucos como el del “ratón loco” o ingeniosas artes para defraudar al pueblo y entre otras el conocido sistema denominado “carrusel” a manera de introducir en las elecciones millones de votos chuecos con el dinero mismo del erario nacional. 


De la grey universitaria de mi época de estudiante salieron “grillos y gandallas” como para escribir todo un tratado, uno de ellos, de origen veracruzano, vino a Chiapas en calidad de delegado general del PRI, y se dio vuelo vendiendo candidaturas para las presidencias municipales a razón de cincuenta mil pesos cada una, con una soltura digna de bailarina de ballet clásico.

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