Un zorro llamado Chanti

|

Por Hernán León Velasco


Andaba de suerte porque se fue al más allá el mero "Día de muertos". Familiares y amigos lo velaban entre llantos, flores y pésames, al féretro dejando impregnado de recuerdos. 


Como es costumbre en los pueblos, se bloquea la calle para dar inicio a la descomunal fiesta de despedida; en el caso de Chanti con este evento daba la sensación de que se estuviese casando con la “Catrina”. 


El muerto no parecía muerto: tenía un aire de celebración pues llevaba puesto su frac, sombrero y capa negra, además de su látigo, ya que su disfraz preferido era la del “Zorro”, tanto así, que desde la infancia le quedó ese apodo. 


La marimba tocaba música alegre y en ese ambiente se encontraron María y Epifanio, enamorándose a primera vista, porque en la segunda vista se besaron. 


Los vagabundos acudieron para saciar su hambre y los amigos para contar sus últimas hazañas de la vida cotidiana. Dos horas después, el baile estaba en pleno “zangoloteo” entre carcajadas y sollozos fingidos con uno que otro de verdad. 


Al escándalo se sumaba el juego de barajas, que acrecentó aún más el entusiasmo que hacía eco y llegaba hasta las orillas de aquel pueblo olvidado de Dios. 


La muerte de Chanti, “El Zorro”, era un pretexto para los vivos de aquel lugar sin nombre. Pero Chanti, o sea el difunto, al observar que no había respeto por sus restos mortales comenzó a retorcerse de rabia dentro del ataúd, y con su “tiesa” mano sujetó el látigo, mientras se cuestionaba: ¿cómo es posible que no respeten mi muerte? Nada más porque no me escuchan estos locos, sino les diría: “¡esto no es fiesta, bola de animales, respeten mi cadáver!”. 


Pasaron dos horas y la fiesta en honor del fallecido seguía en su apogeo. Entonces Chanti “El Zorro” exclamó: "¡Voy a levantarme para poner en orden a estos rufianes!”; apenas había dicho esto, abrió el féretro y como impulsado por un resorte, se sentó y ¡zaas!, chicoteó su látigo en el aire y a gritos dijo: -¡Qué les pasa cabrones!, no ven que estoy muerto? 


Ante eso, más de uno que estaba cerca se orinó de miedo; las barajas, los tamales y el pan, volaron como si de pronto les hubieran salido alas. Trini, la rezadora, dejó tirado su rosario y de paso, antes de salir en estampida, se llevó un pedazo de dulce de calabaza que había en el altar. 


Todo era un caos entre gritos de terror, tiradero de sillas y mesas. “Desgraciados, no soportan una broma, mejor me voy al más allá. Prefiero el infierno que aguantar a esta bola de cobardes buenos para nada!...", murmuró arrepentido envolviéndose en su capa y acomododándose de nuevo en su ataúd. 

Carlos Morales mejorará el sistema de agua para Tuxtla
Chiapas, el estado con más casos de diabetes mellitus
Los maestros anuncian nuevos bloqueos en el estado