La traición de Peña

|


34962327 10156426979259337 195033064752021504 o

Por Raymundo Riva Palacio

Temprano en su sexenio, el presidente Enrique Peña Nieto convocó a los líderes priistas a Los Pinos y les dijo que él no tendría una sana distancia del PRI, como lo había dicho años antes el presidente Ernesto Zedillo, sino un sano acercamiento. El salón Adolfo López Mateos, donde se realizó el evento, estalló en aplausos. Las comparaciones lo ensalzaban. 


Zedillo entregó la banda presidencial a Vicente Fox, quien derrotó al candidato oficial Francisco Labastida, en lo que muchos de los priistas consideraron que fue una entrega pactada del poder. Con Peña Nieto, los priistas pensaban que iba a ser diferente, al regresar a Los Pinos después de 12 años de ausencia, pero los resultados electorales del domingo los metieron en la pesadilla sobre si el PRI podrá sobrevivir la humillación de las urnas.


Los resultados son un desastre para el partido que alguna vez lo fue todo. José Antonio Meade alcanzó 16 por ciento del voto, según los datos preliminares, 6.0 por ciento menos de lo que tuvo Roberto Madrazo en 2006, cuando los gobernadores del PRI, molestos por la forma como se hizo de la candidatura presidencial, le quitaron el apoyo. Fue el peor momento en la historia del PRI, pero este domingo cayó todavía más. Si a Zedillo lo denostaron, a Peña Nieto, convertido en posible sepulturero del PRI, lo van a crucificar. Ya está cantado lo que viene. Ulises Ruiz, exgobernador de Oaxaca y que aspira a la presidencia del partido, anticipó la semana pasada que este lunes comenzarían a pedirle cuentas a Peña Nieto. No será el único.


El colapso de la imagen del presidente no se frena por nada. La presidencia fue, en muchos sentidos, el Principio de Peter de Peña Nieto, y en este espacio se han narrado diversos episodios que lo demuestran. Pero este domingo, conservar el poder era lo único que le garantizaba que sus reformas se mantuvieran y consolidaran. La derrota de Meade es un revés más grande para él que para el candidato, que hizo mucho más de lo que podía con una campaña acotada y siempre bajo la sombra de un presidente que se entrometió lo suficiente para estorbar e involuntariamente sabotear, pero nunca para ayudar. Eso fue desde el principio.


Peña Nieto lo hizo candidato de forma cupular, sin hacer el trabajo de consenso dentro del partido para que al incrustarles a un abanderado que no estaba afiliado al PRI, fuera acogido sin anticuerpos que lo combatieran. No le permitió a Meade nombrar a su equipo de campaña, sino que él colocó a las personas claves. Le impuso a Aurelio Nuño como coordinador, al exgobernador del Estado de México, Eruviel Ávila, como co-coordinador y a Ochoa como presidente del PRI. 


Le colocó a cargo de las redes digitales a su protegida en Los Pinos, Alejandra Lagunes –más enfocada a la mercadotecnia que a la política–, y en el análisis de encuestas a Rodrigo Gallart, que solía leer equivocadamente los datos. Por ejemplo, que el gasolinazo levantaría malestar sólo por unos días, que detonó el malestar que definió la campaña presidencial, o que el atributo que buscaba el electorado en un candidato era la honestidad.


Leer más

Priistas acusan a Peña y a ‘la generación de la vergüenza’ por derrota electoral
Presupuesto 2019 incluirá aumento a pensión de adultos mayores y apoyo a jóvenes: Obrador
Consecuencias sociales y políticas si se deteriora Pemex: Fitch