Editorial

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Es una lástima que las elecciones del pasado 1 de julio no hayan sido libres ni democráticas en Chiapas.

En la red han circulado videos donde grupos armados disparan y se habla de varios muertos. Esta fue en Chiapas la denominada “fiesta democrática”.


La Fiscalía Especializada para Delitos Electorales (FEPADE) ha declarado que hubo “incidentes aislados y menores”, sin embargo, los testimonios grabado por los ciudadanos demuestran que hubo un grado elevado de violencia en distintos municipios de la entidad.


Es la violencia la negación del voto libre. Es la negación de nuestro tránsito a la democracia.

Es un obstáculo mayor para construir una mejor sociedad. Y, sin embargo, no ha podido ser erradicada del todo en los comicios que se celebran periódicamente.


La verdadera expresión popular es torcida impunemente y el resultado es, necesariamente, ilegítimo.

Así se manejan las cosas en el estado con mayor grado de analfabetismo en el país.


Ahora vendrán los esfuerzos por borrar esos eventos, justificar lo injustificable y seguir como si nada hubiera pasado en un proceso electoral determinado por voluntades ajenas al pueblo.

No hay “fiesta democrática”, no hay legitimidad en los resultados de varios puntos del estado, determinados por la violencia.


De cualquier manera, alguna solución deberá darse en aquellos lugares donde ni siquiera se han celebrado las elecciones según el mandato constitucional, pues está pendiente la recepción de los paquetes de varios municipios, donde destaca el de Venustiano Carranza, cuyo cómputo no ha iniciado a dos días de celebrados los comicios.


Vienen días de definiciones, de explicaciones y justificaciones con la finalidad de remendar lo que pudo haberse previsto y controlado, pero al parecer, ha podido más el interés de grupos locales, el cacicazgo, que la expresión libre garantizada por la Constitución General de la República, cuya letra sigue muerta e ignorada en varios puntos de la geografía chiapaneca.