Tristeza en búnker priísta por la derrota más cara

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Ciudad de México. Nueve minutos después del cierre de la última casilla a las ocho de las noche, acaso el tiempo que tardó en trasladarse desde su oficina hasta la carpa de prensa, José Antonio Meade Kuribreña reconoció la derrota más cara en la historia del PRI.


Y a diferencia de 2000, cuando el presidente Ernesto Zedillo debió salir en cadena nacional a declarar el triunfo opositor para –según se sabría después– forzar la aceptación de su partido a esa realidad, ayer fue directamente el candidato quien no sólo admitió su desventaja, sino que, sin regateo, puso nombre y apellido al ganador de la contienda: Andrés Manuel López Obrador.


Otro contraste. Mientras aquella vez los priístas de inmediato se volcaron a culpar al mandatario –por antonomasia jefe máximo del partido– e iniciaron su metafórica y prolongada noche de los cuchillos largos y la disputa por los despojos del instituto político, ahora el derrotado dedicó laudatorias y agradecidas referencias a la persona y obra de quien decidió su postulación: el presidente Enrique Peña Nieto.


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