Editorial

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A partir de que a los miembros de las diversas iglesias se les otorgó la facultad constitucional de votar, inició paralelamente la entrega de dádivas provenientes de distintas fuentes, muchas de estas oscuras, identificadas con el narcotráfico.

Está documentado en la literatura dedicada a registrar las actividades ilícitas, el donativo a diversos sacerdotes para beneficio del templo a su cargo.

Hecho que desembocó en limosnas fuertes que indujeron a los sacerdotes a dedicar homilías completas a favor de su candidato.

Ahora, el arzobispo de Yucatán, Gustavo Rodríguez, hizo un llamado a los ministros de la iglesia católica a no aceptar dádivas durante las elecciones, ni para ellos ni para la iglesia misma, para no verse obligados a influir desde el púlpito en las ya inminentes elecciones del 1 de julio próximo.

No es nuevo, de ninguna manera, el nexo de los poderes institucionales con la iglesia católica en México y en muchos otros países.

En el pasado era precisamente El Vaticano la sede donde se decidían reinados y protectorados.

Cuando Benito Juárez decretó la separación de la Iglesia y el Estado, restringió la participación de los miembros de culto en las decisiones políticas y confiscó sus bienes a favor de la nación, pretendió excluir a un importante sector de influencia de opinión de las decisiones de Estado.

Sin embargo, Carlos Salinas de Gortari envió la iniciativa de Ley que permite desde entonces a los sacerdotes votar, aunque les prohíbe expresamente hacer proselitismo político desde su condición de ministros.

Esta prohibición ha sido violada, principalmente porque algunos grupos con intereses políticos entregan dádivas significativas a los sacerdotes responsables de determinadas parroquias y la ley fue violada por los curas.

Esa es la razón por la que el arzobispo Rodríguez ahora exige a sus subordinados no aceptar tamañas “limosnas” y mucho menos hablar a favor de candidato alguno desde el púlpito o en cualquier otro lugar de reunión de feligreses.

Tal vez los sacerdotes atiendan la orden superior.

Solamente tal vez, porque muchos ya han sellado compromisos económicos. 

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