Plaza de almas

Plaza de Almas

Por Catón / Dime, Armando, de qué sustancia está hecho el amor, porque tu tío Felipe no lo sabe. He tenido muchos amores. A algunos los he amado –a todos en el momento del amor–, pero como dijo San Agustín, que sabía mucho porque mucho había pecado: “Si me preguntas qué es el amor, no sé; pero si no me lo preguntas sí sé”.

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Por Catón / Esa eternidad querían para sí los hombres violentos del ayer. Déjame contarte algo que sucedió en un pueblo de la frontera norte. La policía sitió a un delincuente, y el hombre se parapetó tras un muro de adobe. Un disparo lo hizo caer herido de muerte.

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Por Catón / La imparcialidad es muy difícil: mientras la Cenicienta sea la que cuenta el cuento sus hermanastras serán malas. Si lo contaran ellas quién sabe qué nos dirían de la Cenicienta. Pensarás, sobrino, que estoy divagando. Y tendrás razón: toda la vida de tu tío Felipe ha sido una divagación. Las únicas que me han puesto en la realidad son las mujeres, pues ellas son la realidad.

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Por Catón / El apocalipsis. A propósito, he oído que en el Juicio Final cada uno de nosotros será llamado a cuentas y un ángel leerá con voz potente la relación de sus pecados. ¡Qué bochorno! Ya me imagino: “El día 23 de octubre de 1975 estuviste en el cuarto 110 del Motel Kamagua con Fulana”.

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Por Catón / Nos confundíamos en el abrazo de la carne y del espíritu: ella era yo y yo era ella. Eso va más allá de ser “nosotros”. Dirás, Armando, que estoy hablando de erotismo, de pasión lujuriosa. Quizá tengas razón, pero en el fondo estoy hablando de amor. Yo la amé, y sé que ella también me amó.

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Por Catón / Ella vacila. Su padre jamás permitirá que se case con un hombre como él. Sin embargo, confiesa ruborosa, ella también está enamorada. El Machete, entonces, le propone escapar juntos. Ella acepta. Esa misma noche huyen los dos. El padre, cuya única compañía era la de la muchacha, casi se vuelve loco de dolor.

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Por Catón / La vida, con todo y ser tan real, tiene mucha imaginación e inventa fantásticas historias. Tomen ustedes por ejemplo ésta. Me fue narrada por un hombre joven que atribuyó el sucedido a un amigo. Yo tengo para mí que él mismo era el protagonista del relato. Aun así lo contaré tal como él me lo contó. Sucede que el tal amigo era hombre de profundos sentimientos religiosos heredados de sus padres y de sus abuelos.

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Por Catón / Esa vez cambié de habitación. Tampoco la señora sabía mucho, pero admitió también sin límites todos mis saberes. Su carne era blanca; sus ojos de un azul desvaído, como grises. Sus cabellos mostraban ese color que llaman oro viejo.

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Por Catón / Todos en aquel tiempo eran Pedros que entraban en todas las casas como Pedro por su casa. “¡Ave María Purísima!”. “Sin pecado original concebida”. Así respondían los de casa. Era un saludo de rigor, como hoy es: “¿Qué onda?”.

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Por Catón / El trabajo duro ha sido uno de los componentes de mi vida, quizás a veces con exceso. Las líneas de mi cara y mis canas son la prueba de un intenso recorrido. Cada año me ha dado una lección, por eso llevo las huellas del tiempo como un premio.

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Por Catón / El muchacho dijo que sí; que ya sabía lo que era esa mujer, pero que ella le había jurado y perjurado que cambiaría de vida, que le sería fiel, por lo menos frecuentemente. Había que tener caridad con ella, dijo el enamorado joven, y pensar que su futura esposa dejaría de ser lo que antes fue.

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Por Catón / Cursaba el cuarto semestre de la carrera. Ella estaba un año más abajo. Teníamos de novios desde la preparatoria, aunque, la verdad, yo a veces me aburría y salía con otras, y la dejaba de ver por algún tiempo. Pero siempre volvía con ella, no sé por qué.

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Por Catón / Nunca se acaban sus historias. Disculparán mis cuatro lectores, por lo tanto, que esta historia carezca de final. Tú, lector; tú, lectora, tendrás que ponérselo. El que le pongas, por mí estará muy bien. La historia trata de un sujeto que tenía estas tres características: era borracho, era holgazán y era amigo de riñas y pendencias.

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Por Catón / Vine a traerles flores a mis dos novios. Así me dijo con sonrisa triste cuando me la topé en la puerta del cementerio. Ella salía ya. Yo, sumiso a los protocolos oficiales, llegaba a la celebración del aniversario luctuoso.

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Por Catón / La pelea no dura mucho. El hombre joven, más ágil y más fuerte, clava el puñal en el vientre del otro, que con un grito de dolor suelta su arma y se lleva las manos a la herida. 

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Por Catón / Ella sabía la respuesta: la noche iba a ser nupcial; su vestido era de novia. Debí haberlo adivinado, pero los hombres no sabemos adivinar. Debí haberlo presentido, pero los hombres no sabemos presentir.

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Por Catón / Cuando escucho alguna historia la grabo en la memoria. Haría mejor en apuntarla en una libreta, pero siempre me olvido de hacerlo.

De Política y Cosas Peores

Catón

Plaza de almas

"La abandonó temprano para irse por el mundo –su pequeño mundo–, y no volvió ya nunca a su solar nativo, como quería, a fin de envejecer en él y en él morir."